El contrato Dreyfus: Una historia de mierda (literalmente)


HISTORIAS DE CORRUPCIÓN – IV. En el gobierno del coronel Balta, su joven ministro de Hacienda Nicolás de Piérola suscribió uno de los acuerdos comerciales más perniciosos para el país: el Contrato Dreyfus. Tal negociado, plagado de corruptelas, nos llevó a una bancarrota cuyas huellas perdurarían décadas.

Guano_Perú

Por Eduardo Abusada Franco
@eabusad

En el imaginario colectivo nos sigue retumbando en la cabeza, desde la primaria escolar, la palabra guano. Esa riqueza en forma de excrementos que la providencia puso frente a nuestras costas. Sin embargo, el guano de las islas, que debió darnos una mano para salir de las penurias económicas, nos dejó una herida tan honda en la historia republicana como la derrota contra Chile en la Guerra del Pacífico. Sigue supurando, a veces se abre, y hiede el olor de la corrupción que forjó esta nación.

Tal época, que va de entre los 1840 a la década de 1870, solo significó picos de una aparente bonanza que resultaron en la quiebra del Estado y su cesación de pagos de la deuda externa. En tal escenario de ruina fue que llegamos a la Guerra de Pacífico. De hecho, el historiador económico Heraclio Bonilla considera que la guerra es el corolario de la mala administración del guano. “… la guerra de 1879 fue el desenlace casi natural de una política de permanente improvisación que la renta del guano contribuyó en gran medida a generar […]. (…) la razón de fondo de la crisis de 1872 fue paradójicamente la misma que proyecto el espejismo de la opulencia de la era del guano. Créditos fácilmente obtenidos gracias a la existencia fortuita de un inesperado recurso, pero que era por lo mismo extinguible”, escribe en su artículo ‘La crisis de 1872’ (En: Las crisis económicas en la Historia del Perú).

DE LA SARTÉN AL FUEGO

El coronel José Balta, tras levantarse en Chiclayo contra el gobierno de Mariano Ignacio Prado, asume la presidencia por elecciones (cosa rara en el convulsionado siglo XIX peruano) el 2 de agosto de 1868. El país estaba al borde de la bancarrota. Su primer ministro de Hacienda fue Francisco García Calderón, a la postre el presidente cautivo de La Magdalena. “Encuentra que las arcas del tesoro están vacías; que no puede atenderse con puntualidad el pago de sueldos y pensiones; y que la perspectiva del déficit, para el presupuesto bienal, es muy próxima a los 19 millones de soles”, escribe el recordado Enrique Chirinos Soto en su Historia de la República, mucho antes de cometer la insensatez de volverse fujimorista en el último tramo de su agitada vida.

De acuerdo a los datos de Bonilla, hacia 1879 el país exportó 10 millones de toneladas de guano, unos 750 millones de libras esterlinas. Pero todo ello fue una bonanza falaz. El primer presidente civil, Manuel Pardo, explicaría en el Congreso que casi todo el ingreso del guano se iba en el pago de la deuda externa. Además, el sistema de consignatarios que se usaba antes de Dreyfus fue francamente el negociado de unos bribones que expoliaban a la patria. Estos se encargaban de vender el guano por el Estado en el exterior cobrando infladas comisiones. El mismo Pardo, pese a tener un verdadero ánimo reformista, también fue un consignatario. A fines de 1866, Guillermo Bogardus hizo público lo que todos sabían: el mudos operandi de los consignatarios. “… recargo en los fletes, cobro indebido de comisiones, falta de oportunidad para alzar el precio del abono, etc. Los consignatarios daban cuenta con retraso de las ventas de guano. De tal suerte, retenían dinero que no era ya suyo sino del Estado. Al mismo tiempo, éste les solicitaba préstamos para salir de apuros. Los consignatarios otorgaban los préstamos —muchas veces, con dinero del Estado mismo— sujetos a intereses usurorios del dos y hasta del tres por ciento mensual (sic)”, narra Chirinos Soto.

Había que poner fin a tal situación. El malogrado general José Rufino Echenique, rehabilitado luego de su periodo de corrupción (cosas que pasan por estos lares), a la sazón presidente de Senado, recomendó a un joven desconocido periodista y exseminarista para la cartera de Hacienda, de la que nadie quería cargarse el muerto: Nicolás de Piérola. Años más tarde, y para la historia, sería apodado ‘el califa’. Piérola, para bien o para mal, fue uno de sus hombres que nacen uno cada generación. Como Haya de la Torre en el siglo XX, desde el mismo día de su cumpleaños número treinta en que asumió el Ministerio de Hacienda, hasta su muerte en 1913, será un actor principal del siglo XIX. Conspirador obsesivo. Todo lo que ocurría en el Perú, nacía o acababa en él.

Consciente tal vez de su raro encanto, expuso en las cámaras su plan para acabar con los consignatarios. El Congreso le dio amplias facultades para solucionar el tema. La lucha fue tenaz, tanto en el plano político como en el judicial. Los consignatarios reclamaron un antiguo derecho en que se debía dar preferencia a los nacionales; pues Piérola estaba sacando una licitación internacional para buscar a un agente extranjero que se encargue del monopolio del guano. El argumento de los consignatarios no era tan cierto, pues habían foráneos entre sus filas como la poderosa casa Gibbs.

Mientras esto se daba, la supuesta licitación abierta ya estaba amañada con la casa parisina Dreyfus Frères et Cie, controlada por Auguste Dreyfus. Juan Echenique, hijo de José Rufino, que tuvo el imposible “galardón” de ser aún más corrupto que su padre, fue enviado como comisionado a Francia a finiquitar el arreglo que sería conocido como el ‘Contrato Dreyfus’. Incluso Dreyfus ya había adelantado sumas al Perú. Los consignatarios igualan las condiciones del judío-francés y la Corte Suprema falló a su favor, pero el Ejecutivo se zurró en ello y le dio la última palabra al Congreso, donde el exseminarista y novel ministro de Hacienda Piérola se batió impecable. Por supuesto, al mejor estilo de Montesinos, es decir, compra de diputados de por medio, logró que apruebe su plan. “Para noviembre de 1870, la campaña legal y pública de Dreyfus y el soborno de parlamentarios habían inclinado la balanza a favor de la aprobación del contrato por 63 votos contra 33 en la Cámara de diputados, una decisión que en breve sería ratificada por el Senado”, señala Alfonso Quiróz en Historia de la corrupción en el Perú.

Dreyfus, taimado él, ya había repartido acciones entre peruanos, incluso para el propio negociador oficial, el inefable Juan Echenique; y hasta al “ético” denunciante de las corruptelas de las consignatarios: Bogardus. Bien dicen los economistas americanos que “no hay lonche gratis”.

CERRADO

Así las cosas, el Contrato Dreyfus quedó sellado, y el judío-francés quedó con el control monopólico de las finanzas peruanas, siendo acreedor, agente financiero y contratista del guano. Vamos a ahorrarnos los detalles técnicos. Resumiremos diciendo que el dinero que entró por dicho contrato se fue gran parte en el servicio de la deuda externa. La política de Balta y Piérola consistió en seguir endeudándose y construir ferrocarriles por doquier, con la creencia de que tales eran sinónimo de progreso. Resultaron no ser tan rentables.

Dreyfus, entre otras cosas, quedó comprometido a girar 700 mil soles mensuales, pero como también era agente del Perú, sacaba su comisión y “salario” de entre 300 mil y 400 mil soles. El contrato, como era de esperarse, se desvirtuó, aunque intentaron mejoras. En tal contexto, arribó al Perú el aventurero constructor de ferrocarriles Henry Meiggs. Este resultó ser un coimero consumado, y muchas obras públicas que se le dieron se recargaron con sus enormes “comisiones”. Dice Qurioz que se “calcula que Meiggs repartió más de once millones de soles en sobornos a autoridades, cuyo registro llevaba en sus legendarios cuadernos verdes o rojos”. Es decir, el aforismo de moda ‘roba pero hace obra’, como dice un columnista contemporáneo de cuyo nombre no quiero acordarme, se invirtió al ‘hace obrar para robar”. El dinero del guano se fue entonces en deuda, obras sobrevaluadas, comisiones, burocracia civil, y gastos insulsos.

1Mucho más se queda en el tintero, como que Piérola cuando fue presidente le reconoció unos millonarios pagos indebidos a su amigo Dreyfus, quien financió su levantisca vida. Solo nos quedamos con un verso de Felipe Pardo y Aliaga: “Pueblo que no trabaja y come guano”. Tal fue uno de los orígenes de nuestra aristocracia. Aunque lo del verso no he podido comprobarlo.

Auguste Dreyfus se instaló en Perú desde 1852. Pronto se hizo un conocido comerciante.

Crédito nacional para toda una generación

En 1874 Andrés Aramburú Sarrio publica una editorial en La Opinión Nacional, donde resume el latrocinio del arreglo Balta-Piérola-Dreyfus. Al respecto, Quiroz señala: «Según una evaluación periodística crítica y reveladora, los dreyfuistas habían comprometido el crédito nacional para toda una generación. Habían vendido la última pizca de guano; construido ferrocarriles a “la luna”, entre otras obras monumentales; y repartido contratos de obras públicas, algunas de las cuales se hicieron mediante la farsa de las licitaciones públicas, con lo cual prácticamente no habían dejado nada a los siguientes gobiernos. La transición del gobierno Balta-Dreyfus al de Pardo fue la transición del escándalo de la “pestilente corrupción a la notable pureza”».

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Fue un fantasma que siempre estuvo presente

El fantasma de Dreyfus nos ha seguido hasta bien entrado el siglo XX. En un artículo publicado en Caretas, cuenta el empresario Claude Ward que en 1975 recibió una llamada y una carta de un banquero de Nueva York , en la que adjuntaba un bono de mil dólares oro colocado por el Perú en 1875 con ocasión de levantar capitales para solucionar el asunto del guano. Un cliente peruano, que se mantuvo en reserva, le pidió que intente cobrar el bono, pasados 100 años. No obstante, en los años 30, el gobierno peruano publicó avisos en diarios de Europa y los Estados Unidos para buscar los bonos pendientes de pago. Se localizaron a todos los tenedores, menos a tres.

Ward investigó e hizo un cálculo y según sus estimaciones el bono debía llegar a los 97 millones 500 mil dólares actualizado a los años de entonces. “Enrique Chirinos Soto me concertó una cita con el general Francisco Morales Bermúdez, entonces ministro de Economía y Finanzas. Durante la reunión, el ministro manifestó que efectivamente sabía que aún quedaban dos bonos pendientes de cancelación y expresó su deseo de redimirlos. Pero no estaba dispuesto a pagar el monto que yo había calculado…”, escribe el articulista. Luego vino el golpe del 29 de agosto de 1975 —el ‘Tacnazo’— y todo quedó en nada.

PUBLICADO EN DIARIO UNO



Categorías:América Latina y el Caribe, Corrupción

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