CARLOS RAMÍREZ SOTO


IN MEMORIAN EN EL II ANIVERSARIO DE SU PARTIDA A LA ETERNIDAD

EL POETA QUE RESPIRABA POESÍA 

Víctor AlvaradoVÍCTOR ALVARADO

LIMA. ESPECIAL PARA PUNTO DE VISTA Y PROPUESTA. 03 -02- 2016. El poeta lambayecano Carlos Ramírez Soto (1943- 2014) partió a la eternidad el tres de febrero del 2014, hace exactamente dos años, y como pocos de entre sus pares, transcurrió su vida entera en olor a poesía. Nunca se academizó, ni pasó por una facultad de literatura y tampoco tuvo un maestro determinado.

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Simplemente era un poeta en estado natural, desde que nació, como decir una joya en bruto desde que emergió en la literatura. Mientras muchos suelen bruñir sus poemas en medio de sudores y jadeos, a él le brotaba la poesía, como el agua de un manantial, lista para ser leída o bebida.

Creo que Chiclayo ha perdido a uno de sus cultores más sobresalientes, pero paradojas propias del Perú, pocos lo supieron y más aún, pocos se han enterado de su desaparición a los 71 años, una edad en que muchos ya se han eclipsado, él sin embargo, como un verdadero iluminado seguía escribiendo vigorosamente como si estuviera frisando los 30 y 40 años.

Lo conocí a fines de la década del 60 al corresponderme fundar la revista “El río” en la Facultad de Estudios Generales de la naciente Universidad Nacional de Lambayeque (hoy Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo), con la asesoría del poeta, mi maestro Winston Orrillo, y dar inicio a un grupo literario del mismo nombre que existió por algunos años con otros animadores, pues me correspondió emigrar del departamento hasta el día de hoy.

EL RÍO Y ALBA

Carlos hizo filas en el grupo “Alba”, afín a “El Río” con dilectos poetas y amigos, con los cuáles hizo migas y afanes literarios, todos ellos testigos cercanos de sus andanzas y logros literarios. Nunca perdimos el contacto, siempre hubo oportunidad de reencontrarnos, dialogar e intercambiar experiencias y lecturas literarias.

Entre todos los de su generación, solía sorprender al amigo que encontraba casualmente, con un nueva composición, generalmente un soneto o una décima o un cuarteto, en los que era un maestro, y también en verso libre, que los escribía como conversando, siempre de buena manufactura.

Optó desde muy temprano por la soledad, pero no una soledad tapiada o amurallada al contacto humano, sino con vasos comunicantes con la variopinta realidad del mundo, siempre estuvo enterado de las tribulaciones del planeta y sus habitantes, pero rehuyó afiliarse a algún ismo. Escribió a contra corriente, y construyó su propia torre de marfil, desde donde como bien dice el poeta chiclayano Luis Arce Torres, “labra una poesía filosófica, social, amatoria y popular”.

FÉ POÉTICA 

Nunca le conocí detractor alguno, y sí más bien rivales tocados por la envidia o el celo literario que le estamparon como apodo el nombre de un tubérculo, que yo siempre lo consideré de mal gusto, razón por la cual jamás lo usé para nombrarlo.

Se esforzó por encontrar puentes por donde su poesía fuese a transitar por el mundo, pero estos fueron escasos y mezquinos. Personalmente, supe escucharlo y admirarlo. En mi calidad de periodista,  nunca tuve oportunidad de hacerle justicia literaria, por falta de oportunidades para hacerlo, porque las tribunas periodísticas que tenía entonces a la mano más han sido propias del quehacer político informativo.

Hubo, excepcionalmente, voces locales que lo reconocieron y honraron, entre ellos el poeta Nicolás Hidrogo, un grato promotor de las artes y letras lambayecanas, quién lo entrevistó en el 2010 y tuvo el gesto de colgar la entrevista en “Youtube”, http://www.youtube.com/watch?v=VEQJ0iNx9xA>, donde para plácemes de los amigos distantes, pudimos ver y apreciar de Carlos, su testimonio de fe poética.

El día que ser haga una revisión seria de su obra, podrá ser constatado que había conseguido bucear exitosamente en las aguas profundas del soneto, la décima y el cuarteto, géneros en los que se ven a los poetas excelsos, porque requieren de una técnica de difícil dominio, un estro fuerte, aunado a un artesano, que como él, sabía darle el toque final a sus hallazgos.

LOBOS DE TIERRA

También alternó en la producción de himnos y valses, algunas habrían sido perennizadas por el compositor e intérprete lambayecano José Escajadillo. Mi hermano Jorge Fernández Sánchez me ha transmitido el texto un vals de Carlos titulado “Lobos de Tierra”, que hace honor a la isla lambayecana donde nació, y a la que menciona como “mi tierra es el mar, (…) por eso tengo, viento por corazón y por alma un velero”.

No es violar un secreto de estado reconocer que Carlos adolecía de períodos depresivos, que felizmente nunca lo mellaron y más bien, como creador auténtico, supo revertirlos y canjearlos por copiosa y disciplinada producción poética. Igualmente hizo de su pobreza económica un acicate para adentrarse a la sicología humana y social, y recuperarlos en estampas poéticas.

A falta de editores y de recursos para publicar su obra, él los editaba en impresiones sencillas e incluso en forma suelta, en hojas, que las ofrecía a cambio de una colaboración económica.

Querido Carlos, en donde estés, no descanses en paz, sigue alumbrándonos con tu poesía, la necesitamos para cambiar la entraña materialista de este planeta y fundar un nuevo mundo de fraternidad, paz y amor.

A continuación dos poemas de Carlos Ramírez Soto:

TAMBORES

Por Carlos Ramírez Soto
Dios me libre de ti y de tu baile
negra del diablo…
¡Ay! Si yo pudiera machacarte
te molería hasta los huesos;
mira que presentarte así
a estas horas de la madrugada,
cuando no hago otra cosa más que pensar en ti,
y en ese movimiento de hombros, de pies,
y de caderas; y de vaivenes encontrados,
hipocampo maravilloso, que te acercas, te deslizas,
hasta el borde mismo de mi desesperación…
Pero ¡basta! , basta de tambores,
que ayer fueron animales, que vibraron
otros cuerpos, otras ansias, otros campos;
y saltaron, corrieron, y bebieron manantiales
de agua fresca, cristalina, como tú, morena mía;
como tú, gacela negra; como tú, ángel herido.


ARMONIZANDO EN EL AZUL

Por Carlos Ramírez Soto

El piano con que suelo acompañarme
me dicta su canción desesperada,
necesario es que venga otro pianista
y toque en Mí mayor el nacimiento
del Sol, que es el principio de la vida,
o el agua  que discurre en el arroyo;
que ponga los acordes especiales
en cada corazón y esté alegre
y cante con la vida la presencia
del ser universal que nos comprende.

Entonces, sólo entonces, en el  árbol,
raíz de la matriz hecho palabra
nacerá el poema con vosotros
pues fruto y pensamiento es contenido
del grano que nos viene desde siempre.

Mientras tanto yo sigo armonizando
porque toqué un piano sin saberlo
cuando era leñador y eran mis manos
el hacha que dio paso a las astillas…
Por ello muestro al mundo la sonata
del ave que recuerda los sonidos.

BREVE PERFIL

Carlos Ramírez Soto nació  en la Isla Lobos de Tierra (Lambayeque) en 1943. Recibió Diploma y Medalla de la Cultura en Poesía, otorgada por el “Instituto Nacional de Cultura” – filial Lambayeque.

  • Fundador de la “Asociación de Escritores Lambayecanos” (ADEL).
  • Publicó los poemarios  “Ínsula a solas” (1975); “La palabra entre las piernas” (1981);
  • “El Génesis” (1983); “En Carne Viva” (1984); “Concierto” (1986); “Pinturas
  • Callejeras y Otros Oleos” (1988); “Estampas monsefuanas” (1988); “Festín” (1989);
  • “Homenaje a Puerto Eten” (1990), “Poesía de la mitología: Greco-romana” (1990);
  • “Homenaje a los marcianos”, “Un cuento en navidad” y “Concierto para cuerdas”
  • (1991); “Cuando el Mar era Niño”, “Letargesia” (1995); “Matices” , “Laberinto”
  • (1995) , “Caballo Peruano de Paso”; “El orate en su espejo” (2000) y “Universo del ser” (2003) entre otros.

Permanece inédito su poemario “Puerto azul” -concluido en 1965-  que según el poeta chiclayano Jorge Fernández Espino, vendría a ser el primero de su obra poética.



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