El tío Lino y Andrés Zevallos de la Puente


Eduardo Gonzales Viaña

Escribe: Eduardo González Viaña

Pastoreaba su ganado el tío Lino en una pampa cercana a Contumazá cuando un toro bravo se le abalanzó. Correr no lo podía salvar porque el animal era más veloz. Entonces, nuestro amigo se lanzó a una laguna y comenzó a nadar.

Después de haber recorrido unos doscientos metros, volvió la vista y descubrió que el feroz mamífero también sabía nadar y estaba a punto de alcanzarlo. Y sin embargo, eso tampoco podía intimidarlo.

Avanzó nadando hasta una catarata, se asió del chorro más fuerte y por allí comenzó a trepar hacia la cima donde se creyó por fin a salvo… En realidad, no lo estaba. El toro se había colgado del mismo chorro y también trepaba en busca de su  víctima.

Tal vez se dijo: Los seres humanos pueden más que los brutos (aunque no en tiempo de elecciones),  desenvainó su filudo machete y de un tajo cortó el chorro de agua. Desde allí cayó el toro que luego emprendió veloz escape.

De Lino León, se sabe poco. Los relatos orales acerca de él acontecen en un tiempo inmediatamente anterior a la guerra con Chile. De todas formas, hay familias en Cajamarca y otros departamentos del norte que lo ubican como seguro antecesor. Por mi parte, entiendo que fue tío de mi padre, el doctor Eduardo González León, y por lo tanto, su parentesco me honra.

A mi parecer, el más ilustre de los recopiladores de estas historias es el pintor Andrés Zevallos de la Puente. La prosa con que las narra es tan viva que a veces parece añadir invento al invento y nos hace preguntarnos si no se trata del propio tío Lino reencarnado.

Andrés Zevallos de la Puente va a cumplir cien años en diciembre y, sin embargo, hace unos momentos lo llamé por teléfono y nos reímos mucho recordando los tiempos en que yo era catedrático en Cajamarca (mi primer trabajo) y buscaba amparo en la generosa casa de la cultura que el dirigía o en la encantadora biblioteca de su domicilio- colmada de libros y de discos- donde el también profesor Jorge Díaz Herrera aprendió escuchando a Gardel los primeros pasos del tango.

Varias veces lo he llamado “inventor de Cajamarca” porque, en cualquiera de sus exposiciones pictóricas, se hallarán los rostros del campo, las fiestas de la siembra y la cosecha, el color de las flores y los árboles, los ritos del amor y de la vida, y, por todas partes, los tunales, las piedras, las dudas, las montañas, las penas, las sombras, las nubes, las palabras iniciales de la creación y todos los hechizos que hacen de Cajamarca una tierra encantada.

Andrés- hoy, uno de los pintores mayores de América Latina-ha soportado el precio que se paga por tener imaginación en el Perú. Era un profesor principiante en el colegio San Ramón cuando perdió casi todo lo que tenía en la vida. Su también joven esposa falleció de un momento a otro. Por su parte, Andrés se quedó sin trabajo.

Eran los días de la dictadura de Odría. Un grupo de soplones fue al colegio para buscar maestros apristas o comunistas y, por supuesto, un artista es siempre un sospechoso. Lo echaron.

Tenía que mantener a sus hijos y se puso a trabajar como camionero. Y así recorrió kilómetros y kilómetros de la costa y la sierra en los cuales supongo que vería las imágenes de su futura pintura. Han pasado los años y, luego de un segundo matrimonio, tiene una familia encantadora y numerosa como es numerosa y asombrosa su obra pictórica. En estos días, se dio noticia de una nueva edición de los cuentos del tío Lino contados por Andrés.

Además se anuncia la celebración del centenario con más pinturas, y eso me hace preguntarme si Andrés Zevallos de la Puente existe en verdad o si es una fantástica creación de Cajamarca, y en los tiempos futuros, , la gente se preguntará quién inventó a quien, si Andrés al tío Lino o el tío Lino a Andrés.



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