Con Bob Dylan en Jequetepque


Eduardo Gonzales ViañaEscribe: Eduardo González Viaña

La primera vez que escuché a Bob Dylan me encontraba en la sala de atención de un brujo de Jequepeque.

Parece un trabalenguas, pero Jequetepeque es el nombre de un pueblo situado en la provincia de Pacasmayo, al norte del Perú, famoso entre otras cosas porque los burros todavía transitan por sus calles y porque siempre se puede encontrar un buen “maestro” en artes brujeriles.

Eran los años 70. A mi lado se encontraba Irene Silverblatt quien todavía no era la famosa antropóloga de Duke University sino una joven estudiante norteamericana que investigaba viejos archivos de los obispados del Perú.

Por mi parte, yo buscaba material para lo que después sería mi libro de brujería “Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales”.

La guerra de Vietnam no tenía cuándo terminar y los diarios exhibían la atroz fotografía de una niña desnuda huyendo del ataque de aviones arrojaban bombas incendiarias.

Mi amiga sacó de la mochila una grabadora plateada, pero en vez de introducirle un casete en blanco, le puso uno que reproducía canciones de Bob Dylan:

“Ustedes, que fabrican las grandes armas/ Ustedes, que construyen los aviones de la muerte/ Ustedes, que construyen todas las bombas /Ustedes, que se esconden tras los muros/ Ustedes, que se esconden detrás de escritorios/ Sólo quiero que sepan/ Que puedo verlos a través de sus máscaras”.

A pesar de su contenido contestatario, el ritmo de la música llamaba a la tranquila tristeza de alguien que sabe que las respuestas al drama humano se hallan todas flotando como hojas en el viento. Por extraño que fuera, aunque no hablaban el inglés de las canciones, los otros pacientes de don “Pato Pinto” (el nombre del maestro), tarareaban los versos y miraban al suelo.

Todos estábamos repitiendo, sin pensarlo, una tradición que ya va a tener 3 mil años. En el siglo VIII antes de Cristo, los griegos se reunían a escuchar la poesía de Homero que les daba noticias de otra guerra funesta, ocurrida cientos de años atrás en la que una coalición de ejércitos aqueos se enfrentó contra Troya y sus aliados.

En los cantos de Homero como en los de juglares y trovadores de la Edad Media, para eso sirvió la poesía, es decir para ser cantada y contada en las plazas y en las calles como celebración de la grandeza y la miseria de los hombres.

La semana pasada, el Nobel de la Literatura ha sido otorgado al hombre que esa vez escuchábamos – Bob Dylan- quien ha rescatado para la poesía su vieja identidad con el canto y para la literatura el más antiguo de sus roles como animadora y conductora de pueblos y de historias.

Hay quienes quieren negarle la condición de escritor y el derecho al Nobel a Dylan por el hecho de saber cantar al mismo tiempo que es un buen poeta, y por expresarse con el apoyo de la música. Nadie hubiera dicho eso de Homero ni de los juglares y trovadores de la Edad Media. Que lo digan en nuestros días evidencia algo muy peligroso y es que la poesía está olvidando su razón de ser.

En su canción-protesta “Dura lluvia va a caer”, un padre pregunta a sus hijos qué es lo que ven o lo que sueñan, y sus respuestas son un diagnóstico de los tiempos apocalípticos que nos ha tocado vivir:

“Vi a un recién nacido rodeado de lobos salvajes / Vi una habitación llena de hombres cuyos martillos sangraban / Vi una escalera blanca cubierta de agua/ …Vi pistolas y espadas en manos de niños pequeños/ Y es dura, dura, dura/Muy dura la lluvia que va a caer”.

¿Qué ocurrió aquella tarde en Jequetepeque? A las 6 y cuarto, don “Pato Pinto” salió y nos dijo que no nos iba a atender. Añadió que tenía órdenes “de arriba” para no atender pacientes.

Aclaró:–Es que trabajo con un grupo de médicos ya fallecidos, y ellos solamente atienden hasta las 6 de la tarde.

Irene Silverblatt y yo nos miramos. Tal vez entonces comprendimos que habíamos estado escuchando música y esperando durante 3 mil años.

Nota del  autor: Con este mensaje, va también la invitación a visitar mi página web: http://www.elcorreodesalem.com

 

 



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