Educar con alegría es apostar por la vida


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Escribe: Guillermo Giacosa  

Están ocurriendo hechos significativos en materia de educación. Por primera vez, gracias a la experiencia finlandesa, se están planteando transformaciones que podrían darle un rostro más humano y sensato a la tarea educativa. Para hacer del país un espacio para todos, es imperioso reformar el dramático sistema educativo que la nación padece.

Mientras sigamos considerando a la educación como un negocio y sólo como un negocio, tal como ocurre actualmente, el círculo de hierro que atenaza y ciega conciencias, seguirá cumpliendo su tarea devastadora de frustrar talentos y de producir seres descontentos con todo lo variado y rico que la vida puede ofrecer.

En los muchos años que tuve como profesor universitario debí, salvo excepciones, enfrentarme con energúmenos obsesionados por cumplir metas sin preguntarse si esas metas eran útiles a sus destinatarios y si más allá de haber plasmado los objetivos académicos, fijados muchas veces fuera de la realidad, lográbamos producir un cambio sustancial y enriquecedor en los educandos que son la razón de ser de todo proceso educativo.

Recuerdo algunas críticas formuladas a mi metodología de trabajo, una de ellas, penosa y extraordinariamente subdesarrollada, era decirme que en mis clases los alumnos reían demasiado. Alguien -en los cursos de postgrado que he dictado- se descosía haciéndome señas para que detuviera el humor que creaba un maravilloso ambiente de trabajo.

La risa es un instrumento fantástico para airear el cerebro, predisponer positivamente al alumno y, ¿por qué no? para aprender sin la solemnidad que luego invita al olvido. Qué hacer frente a jefes a los que el negocio les ahogó el sentido del humor y que para arrancar una sonrisa deben contar un chiste, que es humor prestado, además de ser la expresión más pobre y menos creativa de esta capacidad humana.

Ese humor que para muchos neurocientíficos es la cualidad más sobresaliente del cerebro humano, es lo inesperado, es creación en estado puro. Nace de las circunstancias que se viven en el momento y crea vías de comunicación al interior del grupo que ventilan el ambiente y hacen mucho más fluida la comunicación.

Recuerdo, en otro campo, exámenes orales en el que algunos alumnos quedaban completamente en blanco y a los que mis colegas increpaban por su ignorancia. Allí solía yo rebelarme y pedir un minuto de tregua para hablar con el alumno. Todo consistía en acercarme, cambiar de tema y ensayar un gesto de afecto.

Todo para lograr que su cerebro de reptil que tiene una antigüedad de 500 millones de años, que no tiene memoria y que impera en las situaciones de peligro (como lo es de algún modo un examen) abandone el campo de batalla y le deje paso al cerebro racional. Nunca me falló.

Luego de mi pequeño truco de magia afectiva, los muchachos/chas solían lucirse y los dinosaurios que me acompañaban en la mesa examinadora, debían tragarse sus críticas y sus mezquinas amenazas.

Para educar hay que amar, amar a la profesión y amar y respetar al prójimo. Lo único que cuenta, lo único que realmente puede llamarse educación es lograr que cada alumno se contagie de la pasión que el conocimiento engendra. Que la asuma, que la analice y filtre por su conciencia crítica y que sienta la necesidad de transmitirla.

Educar es un acto de vida y por tanto parte del respeto por la diversidad que toda vida representa. Y por ser vida, es milagro y por ser milagro merece toda nuestra más profunda alegría poder ejercer la función de expandir el conocimiento.

30/10/2016

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