Una ética planetaria para un mundo globalizado


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Escribe:  Benjamín Forcano

11/11/2016

Para entender el sentido del tema que vamos a tratar y situarlo allí donde es más fácil de comprender, nada como aludir a nuestra historia reciente.Con frecuencia nos traen a la memoria, las ruinas pavo- rosas de la última guerra mundial. Fue tal el hundimiento y tan inmenso el dolor y frustración, que no tardó en surgir un grito unánime que parecía cerrar una puerta abismal, para que no se abriera nunca más en el futuro.

“Considerando que el desconocimiento y menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad;

Considerando esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas ente naciones;

Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y valor de la persona humana y en la igualdad de hombres y mujeres y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad;

LA ASAMBLEA GENERAL

Proclama la presente Declaración Universal de los Derechos Humanos como ideal por el que todos los pueblos y Naciones deben esforzarse a fin de que tanto los individuos como las instituciones aseguren por medidas progresivas su reconocimiento y aplicación universales y efectivos.

Artículo 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Estas palabras son de ayer, de hace 68 años. Y lo que se anunció ante el mundo entero, lo que con lágrimas y esperanza se puso como base de una posterior convivencia fraterna, hoy aparece diluido, olvidado, conculcado en muchas partes de la Tierra.

A diario nos sentimos asaltados por la gravedad de Conflictos, enemistades, guerras. Aquella luz, aurora de un futuro de justicia, de solidaridad y de paz, se apagó. Y hemos vuelto a revivir tragedias de dolor y sufrimiento inimaginables.

Hemos producido mucha más riqueza, mucho más conocimiento, mucha más tecnología, mucha más información y comunicación, muchos más adelantos para el transporte, la salud, la educación, el trabajo, nos sentimos menos desconocidos y extraños y, sin embargo, en medio de esa nube de mayor bienestar, las relaciones de unos pueblos con otros se nos han vuelto más hostiles y más dispuestas al rechazo y aborrecimiento.

¿Qué nos ha pasado? ¿A qué se debe este retroceso?

Casi como preámbulo de respuesta, ofrezco ahora unos datos y un planteamiento.

El dato

Justo al poco tiempo de acabar la guerra, los vencedores como si nada grave hubiera ocurrido, venían a proclamar, lo que sería una clave de comprensión.

Decía George Kennan, jefe del grupo del Departamento de Estado de los Estados Unidos en 1945:”Poseemos cerca de la mitad de la riqueza mundial. Nuestra tarea principal consiste en el próximo período en diseñar sistemas de relaciones que nos permitan mantener esta posición de disparidad sin ningún detrimento para nuestros intereses”.

Y Albert J. Beverige, uno de los máximos exponentes de la ideología del “Destino manifiesto”, añadía:

“El destino nos ha trazado nuestra política; el comercio mundial debe ser y será nuestro. Lo adquiriremos como nuestra madre (Gran Bretaña) nos enseñó. Estableceremos despachos Comerciales en toda la superficie del mundo como centro de distribución de los productos norteamericanos. Cubriremos los océanos con nuestros barcos mercantes. Construiremos una flota a la medida de nuestra grandeza. De nuestros establecimientos comerciales saldrán grandes colonias que desplegarán nuestra bandera y traficarán con nosotros. Nuestras instituciones seguirán a nuestra bandera en alas del comercio. Y el orden americano, la civilización americana, la bandera americana se plantarán en lugares, hasta ahora sepultados en la violencia y el oscurantismo”.

Y el senador Brown dejó escrito: “Manifiesto la necesidad en que estamos de tomar América central; pero si tenemos necesidad de ello, lo mejor que podemos hacer es obrar como amos, ir a esa tierra como señores”.

Hoy, autores de la más diversa índole y valía confirman La trascendencia de los textos que acabo de leer. Así:

-Ken Loach, el más importante de los cineastas británicos, en entrevista a un periodista que le pregunta: ¿Cómo explicaría la evolución que ha experimentado la sociedad desde que empezó a contarla?, contesta:

“En pocas palabras, después de 1945 en casi toda Europa, se extendió un sentir de deber social y solidaridad. Mi país, en concreto había sido devastado por las bombas y la gente entendía que la unidad era vital para combatir el fascismo. Pero, en 1980, llegó Margarita Thatcher y dijo que hay que cuidar de uno mismo e ignorar al vecino; que la competencia es más importante que la colaboración. Y destruyó el Estado del Bienestar, forzando con ello a millones de ciudadanos a vivir en la pobreza. Y desde entonces, la idea del bien común se ha ido destruyendo gradualmente.

La gente tiene un sentido del deber moral. Los políticos no.

Gran Bretaña es el país que aplica los preceptos del neoliberalismo de forma más agresiva, desde que Thatcher puso en marcha la privatización de la industria y de los servicios públicos. Pero, hoy en día es la Unión Europea en su conjunto la que está impulsando soluciones que favorecen a las grandes corporaciones”.

Y Pepe Mujica, expresidente de Uruguay, dijo hace unos días en el III Encuentro Mundial de Movimientos Populares:

“El capitalismo inventó una civilización que está invadiendo toda la tierra, pero que no tiene gobierno, tiene un mecanismo impuesto por el mercado. Esta civilización sólo tiene un sello, el mercado. Es el que impone el grueso de las decisiones”…

Y el Papa Francisco en ese mismo encuentro dijo:

“Los descartados del sistema, Hombres y mujeres, ratificamos que la causa común y estructural de la crisis socioambiental, es la tiranía del dinero, es decir, el sistema capitalista imperante y una ideología que no respeta la dignidad humana. Una economía centrada en dios dinero y no en la persona es el terrorismo fundamental contra la humanidad”.

Y cuando el neoliberalismo se siente sistemáticamente agredido, no duda en tomar represalias a quien lo quiere destruir: “ Cuando en nuestras posesiones, se cuestiona la quinta libertad la libertad de saquear y explotar) Los Estados Unidos suelen recurrir a la subversión, al terror o a la agresión directa para restaurarla” (Noam Chomsky).

El planteamiento

Contrarios diametralmente a los textos que acabo de exponer, son los principios de la Carta de las Naciones Unidas:

La Organización está basada en el principio de la Igualdad soberana de todos sus miembros (Capítulo 1, Artículo 2).

No es el momento, pero aclararía esta profunda contradicción, recopilar una serie de textos de gente competente que, cuando el atentado a las Torres Gemelas, señalaban unánimemente las causas que pudieran haberlo provocado y los remedios a aplicar para una nueva política.

Hoy, estos estudios no existen, no aparecen en los grandes medios. Tema preocupante, que indica hasta donde la anestesia continuada ha ido borrando nuestra tarea humanista y ética.

¿Es posible un proyecto de ética mundial?

No sólo es posible sino absolutamente natural a lo que es y demanda el ser humano. Desde que el hombre es hombre ha entendido su existencia como realidad autónoma e interdependiente: siendo singular, único, es también apertura, relación y solidaridad. No puede vivir solo para sí, desconociendo y prescindiendo de los demás.

No es esa su naturaleza. Ni puede organizar su vida comunitaria bajo el principio de la desigualdad, la exclusión, la injusticia o la discriminación.

 No es esa su naturaleza. Ni puede organizar las relaciones con otras comunidades políticas bajo el principio de hostilidad, sometimiento o dominación.

No es esa su naturaleza.  El convivir humanamente implica vivir con personas y como personas. Y si no se vive como personas, no hay comunidad.

Resulta, pues, obvio que el ser persona nos une a todos, convencidos de compartir algo común: una misma categoría ontológica, una misma estructura psicosomática, unas mismas propiedades, por las que nos reconocemos, aceptamos y colaboramos.

Nuestro modo de ser racional, libre y responsable nos lleva a poder vivir fraternalmente y a poder establecer un orden, una organización y unas normas que nos aseguren la realización digna de todos. Nadie es menos que nadie y nadie es más que nadie.

 Nadie es por naturaleza amo o esclavo, superior o inferior, mayor o menor.

En este sentido, la ética nos acompaña en todo nuestro desarrollo histórico. Pero, en cada lugar y momento puede adoptar proyecciones distintas, de retroceso, de evolución positiva, mejorables, sin perder el aliento sustancial que le dicta lo que es bueno y lo que es malo, lo que le está prohibido y lo que le está permitido.

En la actualidad, el principio ético que a todos nos identifica, ha cristalizado sociopolíticamente en una proyección marcadamente negativa. Personas y grupos pueden organizarse según normas y metas que contradicen la naturaleza la ética de las relaciones humanas.

 En el caminar de la historia el hombre puede, porque es libre, optar por proyectos y normas morales equivocadas, que le niegan asentimiento y legitimidad.

La globalización del mercado es un hecho. En esa globalización todo se ha mercantilizado, todo está sometido a un precio: cada cosa es lo que vale.

Y en ese mercado la persona misma se subasta como una mercancía más, resulta objeto de compra-venta: tanto eres cuanto vales, tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto acaparas y tanto acaparas cuanto puedes.

En el sistema neoliberal, hoy globalizado, se profesa culto al dinero, al tener, no al ser; se sacrifica sin piedad la dignidad humana y sus derechos inviolables al becerro de oro.

Las leyes que lo rigen son el egoísmo y la avaricia, la competencia agresiva, la soberbia, que acaban silenciando si no borrando la regla ética universal: Haz el bien y evita el mal, no quieras para los demás lo que no quieras para ti, trata a los demás como tú deseas que te traten a ti.

Este sistema pasa olímpicamente de la ética, ciega la conciencia y desvincula a quien así actúa de la comunidad, de la naturaleza, de Dios. Persigue la apropiación de los bienes creados y producidos hasta la ganancia máxima, sin importarle la exclusión, el despojo y el empobrecimiento de los demás.

Podemos establecer como claras tres cosas:

Primera: el sistema neoliberal está orientado a incrementar la riqueza de los más ricos, en él y por él se hace cada vez mayor el foso entre ricos y pobres: en el 1820, la diferencia entre ricos y pobres era de 3 a 1; en el 1950, de 35 a 1; en 1973, de 44 a 1; en 1992, de 72 a 1.

Segunda: este sistema es responsable de la pésima distribución de la riqueza y de numerosos males para la mayoría derivados de ella.

Tercera: Este sistema hace imposible la igualdad, la justicia, la libertad, la solidaridad, la paz, la democracia.

Todo lo dicho nos sirve para entender que la crisis que nos envuelve tiene aquí su raíz, en el entronizamiento del dios dinero o, lo que es lo mismo, en la mercantilización de la persona, o lo que es lo mismo, en la erradicación de la ética humana, que convierte al hombre en lobo y no en hermano.

La crisis actual no es, pues, económica, aunque también, sino ética. No es política, aunque también, sino ética.

¿Pero existe un proyecto ético de validez universal? ¿Pero, existe un proyecto ético válido de alcance universal? ¿Pueden apoyar dicho proyecto creyentes y no creyentes?

El teólogo Hans Kúng lleva décadas impulsando este proyecto: “Por ética mundial entendemos un consenso básico sobre una serie de valores vinculantes, criterios inamovibles y actitudes básicas personales. Sin semejante consenso ético de principio, toda comunidad se ve, tarde o temprano, amenazada por el caos o la dictadura, y los individuos por la angustia” (Idem, p. 33)

La conciencia de nuestra planetariedad nos invita hoy colaborar e integrar más que a contraponer y excluir. ¿Por qué los cristianos hemos de aparecer como portadores de una moral que no sea humana o que se construya al margen o en contra de lo humano?

Jesús de Nazaret, -el hijo del hombre, humano por excelencia- encarna y explicita lo humano y, desde lo humano, hace visible el rostro de Dios. Lo cristiano sería nada sin lo humano y lo humano con la enseñanza y vida del Nazareno cobra talla plena.

La dignidad humana, quicio de un proyecto ético universal

Sabemos cómo funciona la economía capitalista y sólo desde ella podemos dar explicación de los fenómenos que suceden a nuestro alrededor. Sin el capitalismo no podemos entender ni la desigualdad de unos países con otros, ni el desempleo, ni el deterioro de las condiciones de nuestra vida.

Por tanto, de lo que se trata es de poner al descubierto el modelo de sociedad por el que pretenden regirnos. Los ciudadanos, acosados por el desempleo, los desahucios, el hambre y otros males, vemos peligrar nuestras condiciones de vida y hasta nuestra propia existencia y hemos puesto en radical cuestionamiento este modelo ideológico, que ni sirve para organizarnos ni para vivir como sociedad.

Lógicamente, el cuestionamiento de este modelo de sociedad va acompañado por la aparición de otro modelo. Al capitalismo le sobran actualmente, en el contexto de la globalización financiera y productiva, los servicios públicos y los derechos laborales.

Resistir a este proceso y construir un modelo alternativo es nuestra batalla. Pero, no podemos hacerlo desde respuestas del pasado. A una crisis estructural, la solución tiene que ser también estructural.

En realidad, y esta es acaso la conclusión fundamental, un Estado de derecho no puede existir mientras exista el capitalismo, mientras no haya democracia económica. Estado de derecho y capitalismo son incompatibles. Los principios, las actitudes, los criterios y los valores que deben informar nuestro modelo de sociedad no cuadran con los del modelo capitalista.

  1. El capitalismo es intrínsecamente perverso y no ofrece solución

Justamente por esta incompatibilidad, la utopía nos hace soñar con un mundo único en que todos nos relacionemos con todo en respeto, colaboración y armonía. Porque los territorios, las lenguas, las razas, las culturas, las religiones, las políticas son relativas, en tanto que la dignidad humana, como categoría de valor, es absoluta en cualquier lugar, tiempo o circunstancia política.

No se trata por tanto de estimular más medios, más técnicas, más recursos y más alianzas para promover y acumular más bienes. Todo eso hace tiempo que lo tenemos, ha ido creciendo imparablemente y, sin embargo, la realidad nos dice que no ha servido para acabar con la pobreza, la injusticia, la discriminación, el sufrimiento, los monopolios y privilegios, sino para ahondar más la brecha entre minorías superafortunadas y mayorías esclavizadas.

Nuestra apuesta es ética, de ética universal, en la que confluye todo lo que es profundamente humano y profundamente liberador.

2 -Primero de todo, personas

Unos y otros, desde nuestras respectivas perspectivas, no podemos olvidar que, primero de todo, somos personas con una dignidad, valores, derechos y responsabilidades universales y, por tanto, irrenunciables, en cualquier lugar, cultura o país del mundo.

Lo prometedor del momento actual es que la conciencia humana ha logrado consolidar ciertos principios y formular conquistas morales que no está dispuesta a perder. En muchas partes, esas conquistas no se han hecho realidad, todavía, pero hoy ya las defendemos como innegociables:

– Ninguna nación debe prosperar a base de explotar y dominar a otra.

– Ningún ser humano debe ser explotado por otro.

– Ninguna religión es única y superior ni puede imponerse a los demás.

– Todo sistema económico, que no sirva para remediar las necesidades humanas de todos, es injusto.

– Los pueblos están llamados a entenderse, colaborar y solucionar juntos las grandes causas de la humanidad.

 – Es inmoral el omnipresente y voraz mercantilismo de la globalización neoliberal.

– La humanidad es una y tiene vocación de justicia, de fraternidad, de libertad y de paz para todos.

Todo esto es posible y se va consolidando porque unos y otros, desde nuestras respectivas perspectivas, no podemos olvidar que, primero de todo, somos personas con una dignidad, valores, derechos y responsabilidades universales y, por tanto, irrenunciables, en cualquier lugar, cultura o país del mundo.

“Hoy tenemos la obligación, escribía Patxi López hace unos días, de enfrentarnos con un proyecto ético sólido y real a todos los dogmas que desde el neoliberalismo se nos están imponiendo como si fueran, no sólo verdades absolutas, sino el único camino en un mundo globalizado. La nación como concepto de sociedad cohesionado por una identidad común, ya no existe” (El País, 5-XI-16).

La común identidad: la fraternidad es la genética constitutiva de la humanidad.

Las relaciones de unos pueblos con otros han estado inspiradas en el principio de sobrevalorar las diferencias y de menospreciar la común igualdad. Y las diferencias las hemos convertido en bandera de superioridad y dominación. Hoy, la conciencia avanza imparable, persuadidos de que el valor supremo es la vida, que está en cada persona.

Jamás hechos o circunstancias accidentales pueden eclipsar lo esencial. Y lo esencial es afirmar que, frente a la realidad pequeña de la patria, del territorio, de la lengua, de la cultura, de la religión, de la política, de los Estados, está la realidad grande, superior a todas las otras, de la persona.

Mi patria universal es la dignidad de la persona. Mi lengua universal son los derechos humanos. Mi religión es la que me religa a todo ser humano, me lo hace otro yo y me hace tratarlo como yo quiero que me traten a mí. Mi sangre y mi ADN universales me identifican con la sangre y ADN de todos los humanos, con sus anhelos de justicia, de libertad, de amor y de paz. Mi ciudadanía es planetaria, no disminuida en ninguna parte, y brota de mi ser humano como la de todos los demás. Todos somos personas y, si personas, iguales; y, si iguales, hermanos. Y, si hermanos, ciudadanos del mundo entero.

Las razas son relativas. Las religiones son relativas. Las lenguas son relativas. Las patrias son relativas. Las culturas son relativas.

Lo absoluto es:

el amor a toda persona,

el no querer el mal para nadie,

el no explotar a nadie,

el no humillar a nadie,

el no discriminar a nadie,

el no engañar a nadie.

La fraternidad es la genética constitutiva de la humanidad, genética que hace intolerable la injusticia, el odio, la indiferencia, el orgullo, la insolidaridad. Uno se hace prójimo de cualquier necesitado cuando tiene compasión de él. Y tiene compasión cuando ve en su cara la cara de un hermano.

Hoy el planeta Tierra produce bienes, recursos y medios para todos, pero no todos tienen acceso a ellos, porque el capitalismo los excluye.

Se explica perfectamente que esta crisis haya despertado en nosotros un sentimiento básico de rebeldía, de solidaridad universal y haya hecho estallar la indignación. Tal sentimiento no ha hecho sino conectar con lo que en toda cultura es lo más íntimo nuestro: la dignidad humana, “homo homini res sacra”, el hombre es para el hombre cosa sagrada, no se la puede mercantilizar; y también lo de “homo homini frater, non lupus”, el hombre es para el hombre hermano, no lobo.

Hemos dado con la clave que nos brinda la solución. Esta crisis no es económica, es ético-humanista, es crisis de la ideología neoliberal. En virtud de esta clave podemos sentenciar:

“No soporto la injusticia,

no soporto la desigualdad,

no soporto la discriminación,

no soporto el engaño,

no soporto la humillación,

no soporto el maltrato,

no soporto la soberbia,

no soporto la dominación.

No los soporto, me rebelo y lo rechazo yo. Y lo rechazamos todos, porque todos somos lo mismo, porque maltratar a uno es maltratar a todos, y discriminar, humillar y despreciar a uno es despreciar a todos.

La vida del otro, cualquiera que él sea, es como la mía.

Y esa clave es condición y presupuesto para toda indignación:-Se me revuelven las entrañas cuando soy tratado injustamente, me hierve la sangre cuando me discriminan, se me agita el corazón cuando me quitan la dignidad. Y cuando a un prójimo, cualquiera que sea, se le trata injustamente, se le discrimina o se le quita su dignidad, también se revuelven mis entrañas, me hierve la sangre y se agita mi corazón.

Desafío y posibilidad de una ética universal liberadora

1.- Hoy no bastan las soluciones parciales.

La crisis de que hablamos, es universal y para resolverla hay que contar con una visión y solución que sean universales. Las visiones parciales, propias de otros tiempos, se han mostrado estériles. A superar esa parcialidad apunta la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948: “La Libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables der la familia humana” (Preámbulo).

Esto quiere decir que, en torno a esa dignidad y derechos, no se ha impuesto la “concepción común” que parecía augurarse en la Asamblea de las Naciones Unidas. No se ha impuesto la idea de que esa dignidad y derechos atañen a todos los miembros de la familia humana y no se ha impuesto porque en la política, educación y planes de los diversos pueblos no ha habido acuerdo y compromiso de cumplir un mínimo ético básico que diera lugar a un consenso mínimo básico. Hoy es voz común que hay problemas comunes a todas las naciones, que requieren un nuevo paradigma de visión y de normas, compartido por todos, y ese nuevo paradigma tiene que ser de carácter ético.

2 – Dignidad, valores y normas, que son patrimonio universal de la ética humana.

Convencidos de la unidad fundamental de la familia humana, las Naciones Unidas proclamaba en 1948, en el plano jurídico, los Derechos Humanos. Y eso mismo es lo que ha de ratificar desde el ángulo de la ética: el respeto total a la persona humana, el carácter inalienable de la libertad, la igualdad básica de todos los humanos y la interdependencia de todos con todos.

NORMA UNIVERSAL PRIMERA: todo ser humano debe recibir un trato humano

El teólogo Hans Küng asienta este principio como primordial en el proyecto de una ética mundial:

“Esto significa que todo ser humano, sin distinción de sexo, edad, raza, clase, color de piel, capacidad intelectual o física, lengua, religión, ideas políticas, nacionalidad o extracción social, posee una dignidad inviolable e inalienable. Por esta razón, todos, individuos y Estado, están obligados a respetar esa dignidad y a garantizar eficazmente su tutela. La economía, la política y los medios de comunicación, los centros de investigación y las empresas han de considerar siempre al ser humano sujeto de derecho; la persona debe ser siempre fin, nunca puro medio, nunca objeto de comercialización e industrialización. Nada ni nadie “está más allá del bien y del mal”: ni individuo, ni estrato social, ni grupo de interés por influyente que sea, ni cártel de poder, ni aparato policial, ni ejército, ni Estado. Al contrario: ¡Todo ser humano, dotado de razón y de conciencia, está obligado a actuar de forma realmente humana y no inhumana, a hacer el bien y evitar el mal!” (Reivindicación de una ética mundial, Idem, pp. 34-35).

Sólo obrando de esta manera se es verdaderamente humano. Este obrar, queda sancionado como válido universalmente por la Ética, el Derecho y la Religión y queda esculpido en la Regla de oro: “No hagas a los demás lo que no quieras para ti” o “Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti”.

Cuatro principios que derivan de esta norma primera

Quiero ir acabando enumerando no más cuatro principios que derivan de esta norma primera.

  1. Respeta la vida

Es natural el principio de “Respetar la vida”: todo ser humano tiene derecho a la vida, a que nadie lo maltrate, lo discrimine, lo depure o extermine; a que los conflictos se resuelvan pacíficamente; a que el fomento de la comunidad humana vaya unido al respeto de la naturaleza y del cosmos, pues tenemos una responsabilidad especial para con la Madre Tierra y el Cosmos, el aire, el agua, el suelo; esa responsabilidad nos lleva a ser abiertos, solidarios, tolerantes, respetuosos con todos. ¡Respeta la vida!

2- Practica la justicia

En virtud de este principio, todo ser humano debe practicar la justicia, haciendo un buen uso de los bienes de la Tierra, de no acumularlos insolidaria e incontroladamente, de contribuir al Bien Común; debe crear estructuras económicas que se configuren desde las necesidades y derechos de los más desfavorecidos; crear una economía social y ecológica; entender el poder como servicio a las personas y preferentemente a los más necesitados; asegurar una política basada en el respeto, el razonamiento, la mediación y consideración recíproca; asumir una actitud de moderación y control del insaciable afán del dinero, del prestigio y del consumo.

  1. Sé honrado y veraz

El mundo nos depara cada día una larga lista de gente que engaña, defrauda y miente, que desinforma, que vende falsificando, somete su ciencia a intereses económicos, pregona el fanatismo, etc.

Y cada día, en el seno de todo lugar y cultura, a la conciencia humana le acompaña el imperativo de no mentir, de hablar y de actuar desde la verdad. Ningún ser humano, ninguna institución, ningún Estado y ninguna Iglesia o comunidad religiosa tiene derecho a decir falsedad a los demás. Todo hombre tiene derecho a la verdad y a la veracidad, y tiene el deber de hacer valer la verdad, de buscarla incesantemente, de servirla sin ceder a oportunismos.

  1. Ama y respeta a los otros

No es posible una convivencia entre iguales sin verdadera humanidad. Dentro del mundo del varón y la mujer, sigue existiendo el patriarcalismo, la explotación de la mujer, el abuso sexual de niños, la prostitución impuesta.

Nadie puede degradar a otro ni mantenerlo en una forzada dependencia sexual. La relación hombre-mujer debe regirse por el amor, la comprensión, la confianza, el respeto mutuo, la igualdad.

Conclusión:

Necesitamos actuar con la libertad, la pobreza y la radicalidad de los profetas.

Ofrezco como conclusión las palabras y el testimonio del poeta, místico, profeta y obispo Pedro Casaldáliga y de un religioso “cabalmente” político, que fue Ministro de Asuntos Exteriores en la revolución sandinista y Presidente de la Asamblea General de la ONU en los años 2008-2009, P. Miguel D´Escoto:

  1. Pedro Casaldáliga

. “Convéncete, Benjamín, me decía en una entrevista, El Primer mundo sólo podrá liberarnos en la medida en que él se libere. Sólo en la medida en que el Primer Mundo deje de ser Primer Mundo podrá ayudar al Tercer Mundo. Para mí, esto es dogma de fe. Si el Primer Mundo no se suicida como Primer Mundo, no puede existir humanamente el Tercer Mundo. Mientras haya un Primer Mundo, habrá privilegio, lujo y marginación. Si vosotros, en el Primer Mundo no resolvéis ser un mundo humano, nosotros no podemos serlo”.

. “El liberalismo es, por esencia, pecado. El imperialismo es pecado, porque es desviación, porque es negación de los pueblos. Así como cada persona es una imagen individual de Dios, también cada pueblo y cada cultura es una imagen colectiva de dios. Como personas, como pueblos, como Iglesia, tenemos el deber, no solo el derecho, de defender las culturas, la alteridad cultural, la identidad cultural”.

. “La gran blasfemia de nuestros días, la herejía suprema que acaba siendo siempre idolatría, es la macroidolatría del mercado total”.

 . “Ceo que el capitalismo es intrínsecamente malo: porque es el egoísmo socialmente institucionalizado, la idolatría pública del lucro, el reconocimiento oficial de la explotación del hombre por el hombre, la esclavitud de los muchos al yugo del interés y la prosperidad de los pocos. Una cosa he entendido claramente por la vida: las derechas son reaccionarias por naturaleza: fanáticamente inmovilistas cuando se trata de salvaguardar el propio tajo, solidariamente interesadas en aquel orden que es el bien… de la minoría de siempre”.

.“Los pueblos indígenas tienen sobre sí la sentencia de muerte más inmediata, la muerte más lógica a partir del sistema. Estorban. Sus tierras son cebo de la codicia de los grandes. América, en sus diversas naciones, en su entresijo continental, debe reaprender los valores básicos de las culturas indígenas. Es para mí como un dogma de fe: o el indio se salva continentalmente, o no se salva. Es uno el sistema que nos tiene a sometidos a todos. El blanco siempre ha hablado mucho de Dios, pero no ha respetado la voluntad del Dios verdadero, aquel Dios que es el Padre de todas las personas y el Señor único de todos los pueblos, el Dios de la vida y el Dios de la muere. Jesucristo no vino al mundo para que los indios dejasen de ser indios. Él no es un colonizador blanco. Él es el Liberador. El indio cristiano que piensa en dejar de ser indio no puede sr un buen cristiano. Quien niega a su pueblo, niega a Dios, creador de todos los pueblos.”

  1. Miguel D´Escoto

“En el nombre de mi Señor Jesús y en honor al 500 aniversario del célebre y valiente sermón de fray Antonio de Montesinos, pronunciado el 21 de Diciembre del año 1511, en Santo Domingo, hoy capital de nuestra hermana República Dominicana, que influyó en que yo, 45º años después, fura ordenado sacerdote, prometo que, desde este 21 de diciembre en adelante, cada vez que me toque referirme a los Estados Unidos de Norteamérica diré el terrorista, asesino y genocida imperio estadounidense”.

Conferencia dada en ESPACIO RONDA –Segovia, 50 Madrid, 8 de noviembre de 2016

http://www.alainet.org/es/articulo/181623



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