La Cuba post-Fidel


images (18).jpgEscribe: Luismi Uharte  (*)         

06/12/2016

Durante mucho tiempo una pregunta ineludible en torno al futuro de la Revolución Cubana fue: ¿qué pasará tras la muerte de Fidel? Los ultras de Miami, la Casa Blanca y el latifundio mediático global auguraban la caída del “régimen” y la reinstauración del capitalismo y la necolonia. Los sectores revolucionarios más dogmáticos, en contraposición, enfatizaban que Cuba se mantendría incólume e inflexible en su rumbo.

La pregunta a día de hoy, pocos días después del fallecimiento del líder histórico de la Revolución Cubana, ha dejado de tener sentido por una cuestión muy obvia: la Cuba post-Fidel se ha ido construyendo pacientemente a lo largo de la última década con el Comandante en Jefe todavía vivo. El abandono de la primera línea de fuego, por enfermedad, en 2006, la sustitución oficial por parte de su hermano Raúl en 2008, el inicio de la reforma económica en 2011 y el actual debate sobre la conceptualización del nuevo modelo son los hitos que jalonan la Cuba post-Fidel antes de su muerte.

De cualquier manera, la desaparición física de un gigante político de la historia del siglo XX como Fidel, obliga a interrogarse sobre el futuro de la isla en relación a cuatro aspectos. El primero sería en torno a una posible crisis de liderazgo. Esto está descartado porque el liderazgo de Fidel en los últimos años ha sido estrictamente simbólico ya que el rumbo del proyecto político cubano no dependía de él. El liderazgo de Raúl se ha consolidado y el acompañamiento de otros personajes claves de la generación histórica ha dotado de estabilidad al gobierno. Esto no suprime el reto a corto-medio plazo (de 2018 en adelante) que tendrá la generación de relevo para legitimarse por sí misma ante sus pares y sobre todo ante los más jóvenes.

El segundo interrogante: la posibilidad de inestabilidad política. Una variable muy poco probable por varias razones. En primer lugar, no existe oposición ni seria ni sólida dentro de Cuba. En segundo lugar, la oposición de Miami no seduce a los sectores populares de la isla y además sufre la división entre dos generaciones: los viejos extremistas resentidos frente a los jóvenes pragmáticos. En este contexto, las aspiraciones del imperialismo yanqui se reducen considerablemente. Sin embargo, esto tampoco permite relajarse al Partido Comunista Cubano, que tiene por delante una tarea titánica, sobre todo en la era post-Raúl: relegitimarse a través de una mayor democratización de su modelo organizativo y de sus prácticas.

La incertidumbre en torno a la economía es el tercer aspecto a evaluar tras la muerte de Fidel. Indudablemente esta es la asignatura pendiente de la Revolución desde principios de los noventa. Asignatura pendiente, por tanto, con Fidel en la dirección, con Fidel en el palco y después de Fidel. La hoja de ruta aprobada en el 2011, conocida como ‘Actualización del Modelo’, continuará siendo el centro del debate nacional, una vez que pasen los días de luto oficial. Y el gran desafío: la renovación profunda socialismo cubano.

El plano internacional es el último interrogante a despejar. La estrategia de diversificación de socios comerciales que Raúl impulsó con el apoyo tácito de Fidel, continuará, aunque con la preocupación creciente por la situación crítica de los aliados más cercanos. La entrada en el tablero de Donald Trump multiplica el factor riesgo pero difícilmente podrá revertir una tendencia histórica hacia la desaparición progresiva del bloqueo. Desde la óptica gringa las razones pragmáticas se impondrán.

La Cuba post-Fidel, en síntesis, nos presenta dos fotografías. Por un lado, la de un país que reforma su economía y en breve también su estructura política, para intentar continuar su rumbo soberano en el siglo XXI. Por otro lado, la de una isla de 11 millones de habitantes que en 2017 mostrará al mundo la imagen inmortalizada de Fidel en infinidad de plazas de pueblos y ciudades. Una fotografía que medio siglo atrás, Washington, la oligarquía y la derecha mundial no hubieran imaginado ni en la peor de sus pesadillas.

(*) Luismi Uharte.  Grupo de Investigación Parte Hartuz (Universidad del País Vasco).

 http://www.alainet.org/es/articulo/182190



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