Fidel Castro y la lucha armada


6e8a6feb-076c-437e-93a3-92cf13d314dbEscribe: Omar Rafael García Lazo (*) 

Nosotros siempre, desde los inicios de la Revolución, habíamos planteado teóricamente el problema de que allí donde existieran las condiciones para la lucha política debía prevalecer la lucha política y no la lucha armada. Fidel Castro Ruz, Mayo de 1991.

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La partida de Fidel Castro

En medio de la ofensiva del imperialismo y la derecha en América Latina y el Caribe contra las transformaciones progresistas y nacionalistas realizadas en los últimos 15 años, la partida de Fidel Castro, el legendario guerrillero y estadista cubano, remueve el debate sobre los métodos más eficaces para llevar adelante una revolución.

Para muchos en el mundo, resulta difícil comprender cómo un hombre que lideró un ejército guerrillero triunfante y un proceso político como la Revolución Cubana; que apoyó a muchos movimientos de liberación nacional en América Latina y el Caribe, África y Asia; que dirigió personalmente desde La Habana numerosas batallas y combates armados en Angola; que se mantuvo fiel a su uniforme de Comandante, haya defendido en los últimos treinta años la lucha no armada, como la vía para llevar adelante las transformaciones revolucionarias en Latinoamérica.

Para entender esta postura de Fidel hay que tener presente, además de su experiencia política, su propio concepto de Revolución, donde afirma que un revolucionario tiene que tener sentido del momento histórico.

La única opción

El líder cubano tomó las armas después de convencerse de que en la Isla antillana, con el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952, se cerraron todas las posibilidades de un cambio político por las vías institucionales y pacíficas que la corrupta democracia burguesa deslizaba, en un país dominado política y económicamente por EE.UU.

Fue esa profunda convicción la que lo llevó a preparar, junto a un centenar de jóvenes trabajadores y estudiantes, el asalto a las fortalezas militares de las ciudades de Santiago de Cuba y Bayamo, con el objetivo de reducir a los militares, tomar las ciudades y llamar a la movilización del pueblo.

Aunque desde el punto de vista militar las acciones fracasaron, el hecho político quedó impregnado en el imaginario popular y sirvió para que la vanguardia revolucionaria confirmara que la estrategia insurreccional con la vía armada como catalizador era el camino correcto para hacer la Revolución en Cuba. Las condiciones objetivas y subjetivas existentes en el país lo confirmaban.

El resto de la historia es conocida. Procedente de México y al frente de un destacamento guerrillero, Fidel desembarcó en las costas de la Isla en diciembre de 1956 para iniciar la última etapa de la lucha de liberación que culminó el 1ro de enero de 1959 con el triunfo de la Revolución.

El peso del ejemplo

Desde el comienzo, el joven proceso político en marcha fue objeto de la propaganda anticubana elaborada desde EE.UU. Una de las difamaciones más extendidas fue que Cuba exportaba la Revolución.

Tamaño absurdo solo podía tener receptividad en audiencias desinformadas o engañadas, pues era evidente la imposibilidad militar, económica, política, cultural y hasta sociológica de trasplantar un proceso histórico autóctono hacia otra realidad con características distintas.

Entre 1960 y 1990, la correlación global de fuerzas, las consecuencias del colonialismo y el neocolonialismo, así como las condiciones subjetivas en muchos lugares del mundo hicieron que la vía armada fuera vista por muchos líderes latinoamericanos, africanos y asiáticos como la de mayores posibilidades de triunfo frente a las fuerzas reaccionarias, colonialistas e imperialistas.

Contribuyeron también el ejemplo victorioso de la experiencia cubana, la política exterior de la joven Revolución contenida en la Primera y Segunda Declaraciones de La Habana y las propias reflexiones del Comandante Ernesto Che Guevara en torno a las pocas posibilidades de éxito de cualquier otra vía distinta a la armada.

Sin embargo, el Che Guevara, en uno de sus análisis en el año 1962, no descartó  la posibilidad de la toma del poder por la vía pacífica, aunque advirtió que en Latinoamérica “lo más que se lograría sería la captura formal de la superestructura burguesa del poder” y que el tránsito hacia una nueva etapa no estaría exento de “una lucha violentísima contra todos los que traten de liquidar el avance (revolucionario) hacia nuevas estructuras sociales”.

La revolución pacífica de Chile (1970-1973) liderada por Salvador Allende confirmó tempranamente lo expuesto por el Ché, quien estudió el profiláctico asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá en 1948 y vivió la experiencia del derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, ambas acciones dirigidas por la CIA, obviamente, mucho antes de 1959.

La responsabilidad histórica

El derrumbe del campo socialista europeo y en especial de la Unión Soviética, con sus consecuencias ideológicas en los diversos sectores de izquierda en todo el mundo, condujeron a un nuevo escenario en las relaciones políticas internacionales y a una nueva correlación de fuerzas a nivel global.

En América Latina y el Caribe el impacto del desplome del “socialismo real” coincidió con el fin del ciclo de dictaduras militares, el asomo de ciertas libertades formales, la implementación del neoliberalismo y de las recetas del Consenso de Washington, la invasión estadounidense a Panamá, la derrota del sandinismo en Nicaragua, el declive de las luchas guerrilleras y el recrudecimiento de la agresividad de EE.UU. contra Cuba. El cuadro era desolador.

Ante un escenario de tal magnitud, con una correlación de fuerzas desfavorables, Fidel Castro comprendió que el momento histórico exigía potenciar y estimular las luchas políticas de los pueblos de la región.

Fruto de estos esfuerzos, fue la creación en 1990 del Foro de Sao Paulo, junto al líder obrero brasileño Luis Inácio “Lula” da Silva. El Foro convocó a todos los partidos y fuerzas políticas del amplio espectro de izquierda para debatir y concertar estrategias políticas de cara a las realidades nacionales y a los desafíos regionales. El Foro de Sao Paulo nació, como dijo el propio Fidel en 1993 en “uno de los momentos más difíciles del hemisferio”.

La aparente contradicción

La ola de cambios que estremeció las puertas del siglo XXI latinoamericano y se adentró en el nuevo milenio con la soberanía y la integración como banderas, fue resultado de las luchas políticas y de la movilización social.

Venezuela, Brasil, Ecuador, Argentina, Bolivia, Nicaragua, El Salvador, Paraguay, Uruguay, Honduras dieron saltos cualitativos en la lucha con claras victorias populares dentro de los marcos de la democracia burguesa.

Aunque con distintas velocidades, estos procesos avanzaron en la reconquista de la dignidad, de los recursos naturales y del papel del Estado, con frutos palpables en la lucha contra la pobreza y la exclusión. Al mismo tiempo, sus líderes y gobiernos le imprimieron a sus políticas una dimensión latinoamericanista e integracionista sin precedentes en toda la historia del hemisferio. La victoria política en el 2005 contra el plan estadounidense de imponer un Área de Libre Comercio para la región confirmó que Latinoamérica estaba viviendo una nueva época. La lucha política daba finalmente sus frutos.

Sin embargo, el reciente retroceso en Argentina; los golpes de Estado en Honduras, Paraguay y Brasil; el cerco contra Venezuela; los planes subversivos contra los gobiernos de Rafael Correa, Evo Morales, Daniel Ortega y Salvador Sánchez y las propias limitaciones de varios de estos procesos hacen recurrente los análisis del Ché Guevara expuestos anteriormente.

Ante esta realidad, podría imponerse una aparente contradicción que niegue la viabilidad de la lucha política y resalte la vía armada como única variante posible para desarticular los límites impuestos por la democracia burguesa y por el entramado económico y represivo que sustenta a las oligarquías de la región. Situación que también alimentaría el escepticismo y el pesimismo dentro de las fuerzas llamadas a encabezar las luchas.

Sin ánimo de negar la vía armada como instrumento de liberación, se debe subrayar que los propios procesos de cambios durante estos años, incluso aquellos aparentemente derrotados, con sus virtudes y limitaciones, confirman que la salida a esta supuesta contradicción sigue marcada por la vigencia de la lucha política, social y electoral.

El propio Fidel, quien no dogmatizó nunca las vías de acceso al poder, sino que las condicionó al momento histórico concreto, subrayó en varias oportunidades las claves básicas para el triunfo por la vía política: una clara estrategia sustentada en un programa inclusivo y realista; un sólido y sincero trabajo de convergencia y unión de todos los sectores políticos y sociales revolucionarios, progresistas y nacionalistas que garantice un elevado nivel de movilización popular; y un permanente trabajo de formación política basado en el principio de que una “revolución solo puede ser hija de la cultura y de las ideas”.

Si queremos reducir en cuatro palabras lo anterior podemos decir: “programa, unidad, movilización y formación”; esos serían los cuatro ejes indispensables para el triunfo y consolidación de cualquier esfuerzo de transformación política. La ausencia o debilidad de alguno de ellos no solo evidenciaría las limitaciones del proceso sino que garantizaría también su reversibilidad. Las experiencias recientes nos pueden ayudar a reflexionar.

La conclusión de Fidel Castro sobre el modo de pelear más certero en este momento de la historia latinoamericana la encontramos en sus palabras expresadas en 1993 durante la clausura del IV Encuentro del Foro de Sao Paulo en La Habana:

    “Creo en la lucha y, sobre todo, creo en la lucha de los pueblos, creo en la lucha de las masas, y recientemente hemos tenido en América Latina importantes ejemplos de lo que puede el pueblo sin armas —fíjense, incluso, de lo que puede el pueblo sin armas—, de lo que pueden las masas, de lo que puede la conciencia, de lo que puede la ética”.

Cinco años después de esta reunión, el pueblo venezolano abrió una grieta en la historia y junto a otros pueblos demostraron que es posible avanzar por las vías política, social y electoral. De la fecha hasta hoy ha habido triunfos y retrocesos y también tiempo para reflexionar y corregir. Persistir en los errores no sería revolucionario.

(*) Omar Rafael García Lazo: Analista político internacional.

Fuente: Especial y Exclusivo de Al Mayadeen TV Español

http://espanol.almayadeen.net/articles/exclusivos/9468/fidel-castro-y-la-lucha-armada



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