Homenaje a un gran maestro: Armando Guevara Gil


eduardo-abusadaPerú

Mi profesor de Derecho

Escribe: Eduardo Abusada

Con esto de Odebrecht, el buen Martín Soto Florián reflexionaba hace algunas semanas en su muro de Facebook sobre los profesores de la Facultad de Derecho de la PUCP que educaban en valores.

El comentario fue a raíz de la lista de poderosos estudios de abogados que asesoraban a la corrupta empresa constructora en el Perú. Una lista con 27 de los más selectos bufetes de la elite jurídica peruana. Al menos a nivel de influencia y lobby; pues en lo académico distan de ser lo mejor de nuestra literatura y doctrina jurídica. Al respecto, Martín mencionaba que habían abogados consultores-profesores, y que no todos basaban su trabajo en el lucro; sino que enseñaban algo también muy valioso, tal vez más que tener un Mercedes Benz último modelo y ser invitado a los cocteles más pipiris nice de Lima: dignidad.

El post mencionaba nombres que me trajeron gratos recuerdos, pues yo pasé hermosos años de mi vida en esa Facultad. Contra todo pronóstico, me gradué y hasta soy colegiado (no pago mis cuotas al Colegio pues tengo mis diferencias). A decir verdad, fui de esos estudiantes que renegaba del Derecho. Iba a las clases de Carlos Blancas con mi camiseta del Alianza Lima y mi pelota, y esperaba que acabe para irme corriendo a las canchas a jugar. En defensa del buen Carlos Blancas debo decir que siempre valoré su curso; aunque en ese tiempo no me gustaba el Derecho. Admiraba su conocimiento de la historia, de la geopolítica; y, por supuesto, del fútbol. El doctor era un experto en temas peloteros. Me explicó por qué Irlanda e Inglaterra tenían diferente plaza en el Mundial, estando bajo la misma administración política. [Doctor, si está leyendo esto, sepa que no era falta de respeto mi atuendo; sino que su curso justo era el último que tenía en la semana, los viernes, y de allí tenía que irme corriendo para agarrar cancha].

No me gustaba la imagen de ser un aburrido abogado, todo el día trajeado. Es más, me matriculaba en materias que no servían para entrar a esos poderosos estudios: Derechos Humanos, Antropología Jurídica, Sociología del Derecho, Filosofía del Derecho, Historia del Derecho, Ciencia Política (no voy a rajar de Bernales, no insistan), Teología del Derecho, Teoría General, etc. Hasta me matriculé en el curso de Bridge (¡abrieron uno!, no sé si aún sigue). Es decir, cursos que sirven para una buena charla, pero que se verían mal en tu currículum si vas a buscar chamba a uno de estos estudios (al final, no importa tanto; entrar o no, así seas un corcho, dependerá de tus contactos). No me interesaba llevar las asignaturas de Contratos y tal laya, aunque llevé los obligatorios. Incluso, mis créditos libres los cursé en la facultad de Literatura (por cierto, allí fui un excelente alumno).

Es así que al leer el texto mencionado de mi amigo Martin Soto, recordé a uno de los profesores que marcó profundamente aquellos años para mí. Marco Aurelio Denegri escribe en uno de sus libros algo así: “A la universidad le debo tanto como al colegio: nada”. En parte es cierto. A veces se aprende mucho más en la “universidad de la vida”; entendida esta desde las experiencias vividas, hasta un libro o una película, e incluso una buena charla con borrachera incluida. No obstante, fue gracias a la universidad que hice grandes amigos y llegué a este profesor. Me enseñó el curso de Antropología Jurídica. No voy a entrar en la materia sustantiva (en realidad, ya no recuerdo mucho tampoco), pero me han quedado algunas lecciones como los estudios de Malinowski.

Su nombre era y es Armando Guevara Gil.  Era un profesor atípico. De andar pausado, voz grave, pero dueño de un fino e indescifrable humor a simple vista. Tal vez jamás se estampe su nombre en letras doradas como el potentado dueño de un estudio de cinco pisos y acabados de mármol; es más, no creo que en toda su vida logre facturar lo que el Estudio Rodrigo en un par de meses. Armando hizo más que eso: formó gente de bien. Hizo más que acumular dinero: dedica su vida a la enseñanza y la investigación. Más que enseñar Derecho, nos hizo conocer el ‘antiderecho’. Esto es, cómo la ley (y todo su aparato), era usado muchas veces —sino la mayoría— como instrumento de dominación. Verbigracia: el “legal” despojo de las tierras de los indios. Comprendí ese ciclo, mejor que nunca, la lección del profesor Eduardo Couture que me acompaña hasta hoy (cuando recién comprendí y le agarré gusto al Derecho): “Cuando veas que el Derecho y la Justicia estén en conflicto, inclínate por la Justicia”. En efecto, ley (o derecho) y justicia, no eran lo mismo. La ley puede ser muy injusta. Ejemplos no faltan en la historia: Apartheid, solo por decir lo primero que se me ocurre.

La última clase con Armando Guevara aún la tengo presente, constantemente. Es difícil olvidar el sentido más comprometido de lo que debe ser la justicia. Ese día, por segunda vez, me volví a convertir en ‘guevarista’ —la primera, obviamente, fue por Ernesto; cuando adolescente—. A medida que he ido conociendo “círculos más poderosos”, se me hace aún más latente aquella lección. Ese día teníamos clase en el pabellón Z (el de Comunicaciones); y Armando nos pidió que nos cambiemos los zapatos. Es decir, que nos pongamos el zapato izquierdo en el pie diestro y viceversa. Él mismo lo hizo y se paró así en la mesa. Salta automáticamente la referencia a Robin Williams en La Sociedad de los Poetas Muertos. Con los zapatos invertidos fuimos a otro salón en la Facultad de Derecho. Al llegar, esta fue la lección: “El derecho no calza en el Perú”. Y cito acá otro pensamiento al que con frecuencia recurro, tomado del gran tribuno de Roma: el abogado Marco Tulio Cicerón. En la colosal novela biográfica de Taylor Caldwell, La columna de hierro, Marco Tulio enseña que la justicia no está en los códigos ni leyes, sino que esta reside, en última instancia, en el corazón de los hombres justos. Así, mientras exista en el mundo un hombre justo, habrá esperanzas para seguir luchando.

Al finalizar aquella clase, Armando se despidió y nos dejó unas palabras. Todavía puedo recordarlas casi tal cual. Nos explicó que siendo nosotros de la PUCP, de la mejor facultad de Derecho del país, era probable que algunos ocupen grandes cargos, incluso ministros y tal vez alguien llegue hasta ser presidente  de todos los peruanos (por esa época enseñaba Paniagua en la facultad).  Nos dijo que no pretendía necesariamente que seamos unos expertos en Derecho, pero nos dejó estas palabras: “Si el día de mañana tienen que firmar una ley o decreto que suponga dejar sin trabajo a muchas familias humildes; o firmar una resolución que genere alguna injusticia contra la gente, que viole derechos de los pueblos indígenas, espero que, cuando menos, les tiemble la mano”.

Han pasado ya como 14 años. Algunos de mi promo son grandes abogados. Lamentablemente, no todos llevaron el curso con Armando. Y, felizmente, yo acabé siendo un simple vendedor de café y cebiche. Si acaso llega al momento, espero recordar la lección.

http://plazatomada.com/opinion-ensayos-2/mi-profesor-de-derecho



Categorías:Actualidad, América Latina y el Caribe, Homenaje, Sin categoría

Etiquetas:, ,

A %d blogueros les gusta esto: