COMO BARBERO CON HIPO


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HOY: ÉRASE UNA VEZ…

Escribe: Lobo Duro Mac Rodríguez

Cualquier semejanza con hechos de la vida real, actuales o pasados, quizás sea mera casualidad o coincidencia… o no, ¡vaya uno a saber!

Érase una vez un país muy, muy grande. Lo fue tanto que llegó a controlar todo su entorno primero y una buena parte del mundo después. Digamos entonces que ese país se convirtió en un imperio. Como tal, y siguiendo los ejemplos de los que lo precedieron en la historia, impuso sus valores, sus ideas, sus necesidades y sus deseos, sin tener en cuenta los ajenos.

Ese imperio fue dominado, por dentro, por factores de poder, los que respondieron, ante cada coyuntura histórica, de acuerdo con sus propios intereses. Pero era, además, un imperio disfrazado, a cuyos líderes, fueran del partido político o de la confesión religiosa que fueren, les encantaba auto proponerse como los campeones de la democracia, la tolerancia y el progreso, aunque ello no fuese cierto ni siquiera dentro de sus propias fronteras.

Tenía un sistema de elección muy peculiar, por lo cual no siempre el candidato más votado resultaba ser el ganador. Algo curioso, sí, pero que sus ciudadanos nunca cuestionaron.

Hete aquí que, una cierta vez, en una confrontación electoral entre una candidata plenamente confiable para casi todos los sectores del poder -especialmente para lo que solían llamar complejo industrial-militar, que nutría sus arcas y aumentaba su poder mediante guerras aquí y acullá-, y un contendiente con claras señales de sufrir diversas enfermedades mentales, pues era algo así como un compendio caminante de psiquiatría, las cosas no salieron como los amos del poder, siempre ocultos, imaginaron.

Es que, cosas de la vida, ganó el señor con la mente inestable, por decirlo de manera elegante. Tenía el apoyo de un sector de esos poderes ocultos, claro está, pues de lo contrario no hubiera llegado ni a ser candidato, y de una parte relegada de la población, harta de soportar fracasos y de tener por encima de sus cabezas, a toda esa claque de aprovechados, despreocupados por los destinos de esos marginados. A ellos, se sumaron otros como él, más algunos –pocos- bienintencionados que no se daban cuenta de sus malestares.

Entonces, casi arde Troya. Desde que el hombre inestable le ganó a la nefasta candidata de una parte importante del sistema de dominación, salieron a la luz los zombis promotores de otras guerras, otras mezquindades y otras discriminaciones.

Los sectores del poder aparentemente desplazados, no vacilaron en sacar a la superficie todo su arsenal: mentiras, verdades deformadas, algunas verdades ciertas y concretas, rumores, sondeos, campañas sucias… en fin, todo a lo cual estaban acostumbrados a apelar, pero nada muy evidente.

Siempre supieron manejar esas cuestiones con mucha soltura, eficiencia, eficacia y disimulo, bien instruidos por asesores de imagen, psicólogos de masas, comunicadores… en fin, una legión de individuos, grupos y organizaciones al servicio de esos poderes, siempre ocultos pero cada vez más perceptibles, aunque nadie se diera cuenta de ello.

Así, a cada decisión presidencial, cada una de ellas cuestionable, errónea, discriminadora, injusta y hasta infantil, le oponían –moral y éticamente justificadas, pero con oscuros designios-, una catarata de campañas de descrédito. Había que neutralizar el peligro que significaba ese señor inestable con pocas luces políticas, que perjudicaba los negocios. Claro que no era que el señor inestable quisiera un mundo mejor, sino que entendía que esas guerras por fuera de las fronteras no eran buenas para los negocios propios y de sus adeptos de alto nivel. 

Hubo un momento, empero, muy breve, en el cual los intereses de todos coincidieron, y eso aplazó la guerra interna. Es que el señor inestable, de pronto, parecía acatar los deseos –económicos, principalmente- de sus ¿enemigos? del establishment. Lanzó un par de bombas, hizo declaraciones acordes con los objetivos de los factores de poder… en fin, hizo cuanto pudo para “armar” una relación inexistente hasta entonces. 

Pero cuando esa impasse explotó, pues el hombre en el sillón presidencial dejó de hacer lo necesario, dado que el poder en las sombras había aprendido cómo hacer las cosas bien, sin exponerse, tomando en cuenta anteriores experiencias donde sus líderes se desembarazaron de presidentes incómodos mediante el simple pero efectivo magnicidio, con algún adecuado chivo expiatorio de por medio, en esa oportunidad, operaron diferente.

El incómodo e inestable nuevo presidente, inusitadamente, sufrió de un cáncer fulminante, que lo dejó incapacitado durante las dos primeras semanas tras su detección y lo llevó a la tumba a los tres meses. Tuvo exequias de héroe nacional, asumió su vicepresidente, quien renunció a los dos días por cuestiones de salud… nunca aclaradas, y asumió el tercero en la sucesión constitucional, un individuo de escasas luces, intrascendente, pero por sobre todo, inocuo y obediente.

En su casa, donde se recluyó la otrora candidata perdedora, ella sonrió mirando por enésima vez la grabación de las honras fúnebres, mientras sorbía un trago de su Martini.  Se recostó contra el sillón y, entrecerrando los ojos, pensó en las próximas elecciones, cruzando los dedos mientras se decía a sí misma, “esta vez no se me escapa”. 

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Categorías:Guerra comercial, Guerra fría, Guerra geoeconómica, Imperialismo, Internacional, Intervencionismo, Sociedad de consumo, Terrorismo

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1 respuesta

  1. Suena interesante. Es de ciencia ficción pero…parece muy real. Es que en política nada es completamente cierto.

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