Un domingo con dos grandes de la pintura


JORGE RENDON VASQUEZEscribe: Jorge Rendón Vásquez

A las ocho de la mañana, nuestro autobús parte de la plaza Denfert-Rochereau, sale al periférico y enfila hacia Normandía por una gran autopista. Vamos a la pequeña localidad de Giverny, pequeñísima diré más exactamente, pero de una significación enorme para la cultura, porque allí Claude Monet (1840 – 1926) pasó gran parte de su vida y pintó la mayor parte de sus cuadros. Sobre nosotros, los cúmulos venidos en tropel del Este tamizan la luz y nos informan que se derramarán sobre la mitad norte de Francia, pero no hoy (menos mal), sino mañana.

Dos horas después marchamos a pie por una estrecha calle bordeada de algunas casas de campo, pomposamente llamada Chemin du Roi, a lo largo de una ladera cubierta de vegetación; y, de repente, ingresamos a un jardín extendido en algo más de una hectárea y densamente cubierto de flores de todos los colores, entre las cuales destacan innumerables tulipanes de airoso porte.

A un lado, hacia la parte alta, se yergue la casa donde vivieron Claude Monet y su familia, un inmueble de dos plantas con techo a dos aguas. Mi esposa y yo avanzamos con la multitud de visitantes por las salas, el comedor, la cocina y los dormitorios. En las paredes cuelgan cuadros de Monet. Desde las ventanas se divisan los jardines y un estanque alimentado por un arroyo.

Nos hacemos a la idea de que Monet está aún allí y que aparecerá de un momento a otro. Pero sabemos que esperaríamos en vano.

Salimos al gran jardín y nos abrimos paso hacia el estanque en el cual flotan, abundantes, los nenúfares que Monet pintó tantas veces (las nynphéas), que se les ve también en los cuadros que rodean una sala entera del museo L’Orangerie, en Paris. Varios puentes de madera, que oficiaron de modelos del pintor, cruzan el arroyo. En ese jardín pintaba desde muy temprano hasta que el sol se ponía y, casi siempre, trabajaba con muchos cuadros al mismo tiempo, buscando atrapar los efectos de la luz y sus cambios, mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Cada flor, cada espacio del jardín y del estanque eran reproducidos por muchas pinceladas, como otras tantas flores multicolores plenas de vida.

El Impresionismo comenzó con un cuadro de Monet exhibido en la exposición de París de 1872, denominado Impresión: sol naciente, que motivó un artículo del periodista crítico de arte Leroy de la revista Charivari con el título de La exposición de los impresionistas. Su característica consiste en que la pintura es aplicada por trazos cortos, de manera que la forma de las figuras es más nítida desde cierta distancia.

Claude Monet falleció en Giverny en 1926 y sus restos reposan en el cementerio de esta localidad.

Sobre la una de la tarde nuestro autobús se aleja de Giverny en pos de Auvers-sur-Oise, una pequeña ciudad adonde llegamos una hora y media después. Descendemos y caminamos hacia la estación del ferrocarril frente a la cual estaba la posada que albergó a Vincent Van Gogh desde fines de mayo de 1890 hasta su muerte el 29 de julio de ese año.

Subimos al segundo piso, a la habitación donde vivió Van Gogh, por la parte posterior de esta casa: una salita miserable de tres metros por cuatro con una ventana hacia la ladera muy próxima de una colina, donde están aún el catre, una silla y una pequeña mesa, que él, sin embargo, inmortalizó con un cuadro. De allí salía muy temprano, cargando su caballete y sus paletas, pinturas y bastidores con las telas, y se iba al campo tras remontar la colina sobre la cual se recuesta el pueblo. Lo había elegido porque quería alejarse del tráfago urbano y perderse en la verde llanura. Su hermano menor Théodore le suministraba los recursos que él necesitaba para vivir.

Varios de sus cuadros más famosos tienen como motivos los paisajes, la iglesia y algunos personajes de Auvers-sur-Oise.

Vincent Van Gogh había nacido en la ciudad de Zundert de Holanda en marzo de 1853. Aunque le gustaba el dibujo no se dedicaba a la pintura en su juventud. Se hizo pastor protestante y trabajó como misionero entre los mineros de Bélgica. En 1886 fue a París a vivir con su hermano Théodore. Se instalaron en un departamento de Montmartre, y poco después Vincent se vinculó con varios pintores impresionistas, entre ellos Gaugin, Seurat, Toulousse-Lautrec, Cézanne y Pizarro. Siguió un intenso período de formación en la pintura como autodidacta, y en 1888 se instaló en Arles donde sus cuadros adquirieron ya un definido estilo impresionista, tan propio que daría lugar en la década siguiente al postimpresionismo.

A fines de mayo de 1890 se trasladó a Auvers-sur-Oise a buscar nuevos motivos.

Se dice que una desazón con el comerciante ocupado en la venta de sus cuadros lo incomodó y se pegó un balazo en el corazón que lo condujo a la muerte dos días después. Según otra versión, un muchacho le habría disparado accidentalmente en el campo. El cura del lugar no quiso velarlo en la iglesia, que Van Gogh había llevado a una tela y es uno de sus cuadros más famosos, ni proporcionar lo necesario para llevarlo al cementerio, calificándolo de suicida y, encima, de vil protestante. Sus amigos tuvieron que recurrir al cura de otro pueblo para conseguir la carreta. Está enterrado en el cementerio de Auvers-sur-Oise, situado a unos trescientos metros de la iglesia. Unos seis meses después, su hermano Théodore falleció en Holanda. En 1914, la esposa de este hizo trasladar sus restos al cementerio de Auvers-sur-Oise, a una tumba al lado de la de Vincent.

Una estatua en bronce levantada a pocos metros de la posada donde vivió Van Gogh lo recuerda.

Ingratitud de los coleccionistas, de la gente, del destino o de quien se sienta concernido: cuando Van Gogh vivía, muy pocos se interesaban en sus cuadros y los menoscababan pagando muy poco por ellos. Unos años después se valorizaron y siguieron subiendo. Ahora cada cuadro suyo alcanza en las subastas varias decenas de millones de dólares.

El sol, que finalmente nos ha honrado con su luz y calor, decae cuando subimos al ómnibus. Es la rentrée à Paris que Julio Cortazar ha tomado como motivo de uno de sus cuentos, pero esta vez, singularmente, sin los descomunales embotellamientos de otros domingos. Hoy, fue la elección en segunda vuelta del próximo presidente de Francia, y muchos electores han tenido que quedarse en sus lugares de residencia para votar. Me digo si los versos de Góngora podrían jugar para mí en este momento: “Ande yo caliente y ríase la gente. /Traten otros del gobierno, del mundo y sus monarquías … ”

(11/5/2017)



Categorías:Actualidad, Arte y Cultura

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1 respuesta

  1. Me gusta la forma coloquial que le da al articulo.

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