Colombia.  ¿Y la paz quedó hecha trizas?


Escribe: Horacio Duque          

22/05/2017

Demoledor el golpe dado a los Acuerdos de paz para finalizar la guerra civil colombiana por la uribista y ultraderechista Corte Constitucional. Le dieron curso a la orden emitida por la reciente Convención del Centro Democrático de hacer trizas los “malditos acuerdos de paz”.

Es imperativo ampliar en 120 días más el proceso de la dejación de las armas por los combatientes de las Farc. Es inevitable extender los territorios y plazos de las Zonas veredales para rescatar el sueño de la paz.

Por encima de la prepotencia de ciertos personajes es necesario consultar las bases populares en las Asambleas de los comandantes farianos para, con el apoyo del marxismo y el leninismo, construir nuevas rutas de acción, nuevas tácticas y afinar la estrategia del cambio que se construye con la paz.

El golpe dado por la retardataria Corte Constitucional al Acuerdo de paz del Estado colombiano con las Farc, negociado durante casi seis años, firmado el pasado 24 de noviembre del 2016 en el Teatro Colon de Bogotá, es demoledor y muy grave para la terminación de la prolongada guerra civil nacional.

La paz fue hecha trizas. Quedo en jirones.

Desde luego, no es el único acto de sabotaje y de zancadillas traicioneras a los consensos de paz.

Paso a paso, desde distintos puntos del establecimiento oligárquico, se ha desplegado una macabra estrategia para estrangular la paz y al movimiento guerrillero.

Conviene mirar el contexto del tiempo.

El plebiscito se impuso y las cosas se le colocaron, desde el gobierno nacional, en bandeja de plata, a los sectores ultraderechistas que encabeza Uribe Vélez para que los promotores del No, mediante una masiva campaña de mentiras, se alzaran con un triunfo negacionista de la paz, llevando a una primera renegociación que afecto puntos cardinales de los pactos alcanzados.

Posteriormente el ataque se trasladó a las Cámaras legislativa mediante el uso del denominado filibusterismo parlamentario, utilizado para recortar elementos fundamentales de la justicia para la paz y promover la impunidad de funcionarios públicos involucrados en delitos de lesa humanidad y de los particulares que financian las bandas paramilitares. El gobierno y sus Ministros hicieron también su aporte, pues retrasaron deliberadamente la radicación de los proyectos convenidos con las Farc.

Los bloqueos a la amnistía y excarcelaciones; la operación tortuga en el trámite legislativo de los proyectos de paz; los micos en la Consulta previa; la promoción del modelo Zidres, en el marco de la implementación del tema de la Reforma Rural Integral; el sistemático asesinato de líderes populares y de integrantes y familiares de las Farc; el fomento gubernamental al neoparamilitarismo organizado desde las brigadas militares y comandos policiales; y el desgreño oficial y la corrupción en la conformación de las Zonas veredales; las incoherencias y el burocratismo en la sustitución de cultivos ilícitos, nos ofrece un cuadro nítido y contundente de la arremetida violenta y desleal con los textos y la esencia de los consensos alcanzados por las partes.

Después de la Convención del Centro Democrático, evento en el que se decidió hacer trizas el “maldito acuerdo de paz”, vino el peor de los asaltos a la arquitectura de la paz.

El fallo de la oscurantista Corte Constitucional, lleno de sofismas y argucias liberaloides, mediante el cual se anula el denominado Fast track, como procedimiento expedito para la implementación formal de la paz, deja en el aire todo. Arrasa con todo lo construido en los últimos años. Destruye su espina dorsal.

No necesitó la ultraderecha uribista acceder a la Presidencia para lograr su mayor cometido. Se lo anticipó un parapeto desviado de la fementida división de poderes.

Es como si partiéramos de cero.

Es como un borrón y cuenta nueva.

Es la quintaesencia de la naturaleza traicionera de la criminal oligarquía que domina el Estado.

Toca barajar nuevamente.

Proceder en el campo popular con serenidad y talento. Sin precipitarse.

Por lo pronto es inexorable ampliar el plazo de los 180 días del protocolo para la dejación de las armas, con 120 días más.

Es necesario reconfigurar las Zonas Veredales en su ámbito territorial y en los tiempos previstos.

Se supone que vendrá la deliberación de los comandantes guerrilleros farianos en Asambleas y reuniones para determinar los movimientos tácticos y afinar el objetivo estratégico de la paz.

Ámbitos en los que resulta conveniente reflexionar sobre el comunicado conjunto con el ELN en el Encuentro de La Habana; sobre el proceso de Quito con los elenos; sobre los planes acordados por Santos con D. Trump para destruir, desde territorio colombiano, el Estado y el gobierno de Nicolas Maduro, mediante la utilización de las bases militares gringas y los grupos neoparamilitares; sobre nuevas formas de la división intestina y el enfrentamiento de las elites y sus facciones; sobre las formas de lucha del movimiento social en auge debido al agravamiento de la recesión económica; sobre los sentidos e implicaciones de la denominada “paz imperfecta”; y sobre la potencia constituyente reflejada en una Asamblea Constituyente popular y comunal que trascienda la vetusta institucionalidad que sofoca la reconciliación de los colombianos, como lo acaba de demostrar la Corte y lo confirmara la paquidermia parlamentaria.

Lo cierto es que a la resistencia campesina revolucionaria y a sus voceros le hace poco bien confiarse tanto en el aparato institucional de la oligarquía. Muchas veces lo hemos dicho acá, de Santos no hay que confiarse, hay que recelar al máximo de sus palabras y sus compromisos. Es un traidor nato. Un mentiroso de profesión.

Nota: 

Es en momentos tan críticos como los actuales, que herramientas teóricas como el marxismo y el leninismo, son tan apropiadas para proyectar la acción política. La política revolucionaria no puede dejarse atrapar por el formalismo liberal y la maquinación oligárquica. Hay que acudir al pueblo, a la movilización de masas, a la organización y la disciplina. El arte del enemigos es el de desorganizar su adversario, dividirlo y confundirlo para aplastarlo. El arte de los revolucionarios es buscar la unidad, la cohesión y la más amplia convergencia, haciendo a un lado el engreimiento y la prepotencia que caracteriza a ciertos iluminados de la paz.


http://www.alainet.org/es/articulo/185635



Categorías:Actualidad, América Latina y el Caribe, Análisis, Democracia, Pacificación, Ultraderecha

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