PPK ANTE EL HARIKIRI O EL SHEPPUKU


Jorge Rendón VásquezEscribe: Jorge Rendón Vásquez

A Pedro Pablo Kuczynski, la familia Fujimori y su mesnada de ninjas en el Congreso lo han puesto ante la alternativa de hacerse el harakiri o el sheppuku —y no en privado sino ante las cámaras de televisión— si no indulta a su jefe ahora.

El harakiri era un rito japonés por el cual un noble o un samurái —un bandido alquilado para aterrorizar a los siervos con su afilada espada— de rodillas en el suelo y vestido con una túnica blanca, que hoy se usa sólo para los muertos, se abría el vientre con una daga. Para impedir que el suicida ofreciera el desgradable espectáculo de revolcarse con los intestinos afuera hasta morir se le añadió la colaboración de un ayudante, o kaishaku, de alcurnia semejante a la del suicida, quien, como un honor, le cortaba la cabeza con un golpe de espada antes de que cayera al suelo.

Se debe suponer que, por su ascendencia familiar, Pedro Pablo Kuczynski está en la antípoda de la cultura japonesa y que el suicidio le está vedado. Sin embargo, por haber nacido en el Perú, haber pasado su adolescencia y vivir aquí es posible que haya adquirido ciertos hábitos sociales característicos de América Latina, y entre ellos la de los políticos criollos para quienes la moral es un antivalor del cual tienen que alejarse como de la peste.

Por lo tanto, pudiera ser que considere su elección para presidente de la República sólo como una jugada a la cual tuvieron que contribuir los que entienden que de ninguna manera la hija del convicto por un crimen de lesa humanidad debía ser elegida para ese cargo. Y para eso tenía que prometer, sonreír, bailar y hasta jurar que se portaría bien. Una vez en la presidencia de la República hizo lo que tenía pensado, siguiendo el procedimiento de sus predecesores: olvidar sus promesas aplicando el lema de que la propaganda política electoral es un recurso para competir y no guarda relación con el ejercicio de los cargos públicos obtenidos por el voto popular. Este comportamiento se cumple con la regularidad de una ley social que los políticos conocen en todos sus efectos. En cambio, la ignora la mayor parte de ciudadanos, en muchos casos absolutamente, que son así manipulados, se dejen manipular o muestran una vocación eufórica por la manipulación.

Hace algunos años, en una librería de La Paz hallé un diccionario popular boliviano. Me llamó la atención el término kojoro que supuse en un primer momento provenía de la lengua aymara. Significaba en ese libro funcionario honrado.

Si consideramos que los ciudadanos ejercen de tiempo en tiempo la función electoral y votan por los candidatos que, como los encantadores de serpientes, los fascinan, o manipulan, se podría aplicarles esa denominación.

Esto quiere decir que, en definitiva, quienes deberían responder por los políticos elegidos son quienes los han colocado en sus cargos por sus votos. Pero ¿de qué manera deberían responder? No hay reglas sobre este aspecto, y los mismos políticos y el poder mediático, que es el gran instrumento de la manipulación, han colocado en el índex de pecados mortales cualquier imputación, crítica o censura, por mínima que sea, a los electores. No, a ellos se les debe adular y entretener. De modo que para los periódicos e incluso para ciertos santones de las ciencias sociales de todos los grupos, la crítica tiene como cancha a la superestructura política donde los jugadores son los miembros de los poderes del Estado y otras instituciones públicas y uno que otro personaje privado.

Ninguna revolución social de grandes consecuencias se ha votado por ello en elecciones populares. Todas han sido la obra de minorías que sabían muy bien lo que querían, aunque en ciertos casos sus mentores se hayan hecho convalidar después por el voto ciudadano.

Con setenta y tres representantes en el Congreso de la República de ciento treinta, el grupo fujimorista tiene la sartén por el mango y puede revolear la tortilla en el aire, aunque sin salirse demasiado de los cauces legales. Los otros grupos políticos se han sometido a esta disciplina de alguna manera, por conveniencia, rencor, genuflexión, timidez o impotencia.

Pedro Pablo Kuczynski sabe que indultar a Alberto Fujimori sería inconstitucional y que carece, en consecuencia, de la facultad de hacerlo. Pero, puesto contra la pared por su indecisión, si no concede el indulto el fujimorismo podría arrojarlo del poder por la vía del impeachment al que se dirigen censurando a sus ministros para reemplazarlo por el presidente del Congreso que sería un fujimorista. Por el contrario, si concede el indulto podría ser juzgado luego. Aparentemente se debate ante el dilema de si se opera se muere y si no se opera también se muere.

Como quiera que sea, para el fujimorismo, Kuczynski estaría ya de rodillas con la túnica blanca frente al kaishaku, que podría ser Kenyi Fujimori, quien le estaría entregando la daga con una mano mientras que con la otra agarraría la empuñadura de su espada.

No todo está perdido para él, sin embargo. Si se aferra a la Constitución y empieza a cumplir lo prometido en campaña electoral, gobernando no sólo para los empresarios sino para el pueblo, es posible que su estatura no sea sólo corporal, sino que empiece a ser la de un gobernante decidido y digno, ganándose el respeto y el apoyo de muchos.

(26/6/2017)

 



Categorías:Actualidad, Agenda fujimorista, América Latina y el Caribe, Análisis, Congreso, Política

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