La cuna de la civilización está a punto de convertirse en un verdadero infierno


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Escribe: Juan Pedro Chuet-Missé

 

24/06/2017

El cambio climático castigará con doble falta al Magreb y Oriente Medio. La cuna de la civilización está en camino de convertirse en un lugar desértico, inhabitable por las altas temperaturas y la escasez de agua dulce.

Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) los niveles de agua dulce han descendido en dos tercios en las últimas cuatro décadas, y actualmente los 500 millones de habitantes de la región tienen 10 veces menos disponibilidad del vital líquido que los residentes de otras zonas del planeta. Y el futuro puede ser peor: se espera que los recursos hídricos disminuyan un 50% en los próximos 30 años.

Situación dramática

Los niveles de agua dulce han descendido en dos tercios en las últimas cuatro décadas, y actualmente los 500 millones de habitantes de la región tienen 10 veces menos disponibilidad del vital líquido que los residentes de otras zonas del planeta

Habrá menos agua, pero además las temperaturas subirán. Un estudio del Instituto Max Planck de Química de Mainz (Alemania) y el Instituto Chipre de Nicosia reveló en mayo de 2016 que la región será inhabitable por el calor, que si actualmente es duro de sobrellevar, en el futuro será insoportable. En los próximos 80 años, entre junio y septiembre las temperaturas diurnas rondarán los 46 grados, y de noche no bajarán de 30 grados. Si en todo el mundo el cambio climático llevaría a un aumento de dos grados, en el norte de África y Oriente Medio el ascenso sería del doble.

Para el fin de siglo, afirma el equipo liderado por Johannes Lelieveld, los días de calor extremo se multiplicarán por cinco y las olas de calor serán diez veces más frecuentes. “Si entre 1986 y 2005 los picos de calor se producían en un período de 16 días, para el 2050 llegará a 80 días al año. Aunque las emisiones de gases contaminantes se redujeran para el 2040, se contabilizarán 118 días de calor extremo al año”, dice Lelieveld. O sea, uno de cada tres días al año será insoportable para la vida cotidiana.

Crece la desertificación

La desertización es “un proceso de degradación del suelo fértil en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas a causa de diversos factores, tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas”

El aumento de temperaturas, la escasez de agua y una mala gestión de los recursos naturales incrementa la desertificación. Conviene diferenciar este término de la desertización. Esta última se refiere a la creación natural de los desiertos, como ha sucedido en el Sahara (alguna vez un fértil bosque) y Gobi. La desertización es “un proceso de degradación del suelo fértil en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas a causa de diversos factores, tales como las variaciones climáticas y las actividades humanas”, definió la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desertificación en 1977.

O sea: la mano del hombre convierte zonas fértiles y productivas en páramos inhabitables.

La región cuenta con tres grandes ríos que han visto crecer a las primeras civilizaciones: Egipto y su largo Nilo y el Tigris y Éufrates en la antigua Mesopotamia. El uso intensivo por medio de canalizaciones y represas, así como la extracción sin pausa de los acuíferos amenaza con agotar los recursos hídricos. Según la FAO, en Oriente Medio y el Magreb la agricultura absorbe el 85% del agua dulce disponible, y más del 60% de ella proviene de zonas fuera de las fronteras nacionales.

La guerra del agua

El gobierno de Turquía considera que tiene la soberanía absoluta en los 526 kilómetros iniciales del río Éufrates y los 523 del Tigris que corren por su territorio, y ha sembrado de represas ambos cursos para disponer de energía eléctrica y canalizar las aguas para los regadíos

La conclusión es obvia: conflictos políticos. Por ejemplo, el gobierno de Turquía considera que tiene la soberanía absoluta en los 526 kilómetros iniciales del río Éufrates y los 523 del Tigris que corren por su territorio, y ha sembrado de represas ambos cursos para disponer de energía eléctrica y canalizar las aguas para los regadíos. “Ni Siria ni Irak pueden reclamar los ríos de Turquía más de lo que Ankara pudiera reclamar su petróleo. Tenemos derecho a hacer lo que nos plazca”, dijo el expresidente turco Suleyman Demirel.

Irak acusa a Turquía, y a la caótica Siria, de perjudicar sus cultivos y poblaciones con las limitaciones al caudal del Éufrates, zonas que ya habían sufrido abandonos por la guerra de diez años contra Irán. Según la Asociación Europea del Agua, Irak ha visto que la proporción de agua de los dos ríos se ha reducido un tercio en los últimos 25 años, y podría quedar seco en el 2040. A este ritmo, el país sería un reflejo de la arenosa Península Arábiga, dice R. Barducci, del Instituto de Investigación de Medios de Información en Medio Oriente (MEMRI).

Más contaminación y menos bosques

En una región donde el petróleo es abundante y barato, es imposible emprender campañas para cambiar de combustible y apostar por las energías renovables

La contaminación también perjudica la habitabilidad de las ciudades, que como El Cairo –con 9,5 millones de habitantes- no cesan de crecer. En una región donde el petróleo es abundante y barato, es imposible emprender campañas para cambiar de combustible y apostar por las energías renovables.

La deforestación y las altas temperaturas también amenaza a las áreas boscosas de la región, como el Líbano, donde el 39% de su superficie está poblada del cedro que porta su bandera. La reducción de su superficie para promover la agricultura, los incendios forestales (naturales algunos, provocados otros) y los conflictos políticos perjudican al ecosistema y aceleran el proceso de desertificación.

Las grandes extensiones de palmerales que tenía Irak, como en la gobernación de Basora, han quedado devastadas por la guerra con Irán, al punto que científicos de la segunda ciudad de este país han visitado la Estación Phoenix de Elche para recibir asesoramiento sobre repoblamiento de esta especie, que actúa como una barrera natural contra el avance del desierto.

Éxodo climático

“La región de Oriente Medio, ya es una de las regiones más peligrosas del mundo y podría llegar a ser aún más volátil si millones de personas no pueden encontrar agua para beber, mucho menos cultivar alimentos”

Las temperaturas extremas, la falta de agua, la desertificación y pérdida de agricultura lleva a consecuencias política graves: cuadros de desnutrición (según la FAO, 30 millones de adultos en la región no pueden comer lo suficiente), tensiones políticas entre los gobiernos por el control de los recursos naturales, y en paralelo, un auge de los extremismos.

“La región de Oriente Medio, ya es una de las regiones más peligrosas del mundo y podría llegar a ser aún más volátil si millones de personas no pueden encontrar agua para beber, mucho menos cultivar alimentos” dice el doctor Nimrod Raphaeli, analista senior del MEMRI.

El polvorín en que se puede convertir la región derivará en un éxodo climático, millones de personas que abandonarán sus aldeas y las ciudades en búsqueda no sólo de mejores oportunidades de trabajo o paz, sino de lugares donde se pueda vivir y respirar con normalidad.


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Categorías:Calentamiento global, Cambio Climático, Contaminación ambiental, Derecho al agua, Desertificación,, Medio Oriente, Sequía

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