El Imperio Americano ante la cruda realidad


Venezuela en el ojo de la tormenta intervencionista Diego IMAGEN

Escribe: Carlos Jiménez  (*)          

11/09/2017

El Imperio Americano se ha dado de bruces con la realidad. Y no con cualquiera sino con la suya propia, que es la de un poder enorme pero irremediablemente limitado. Tan enorme que un arrogante asesor del presidente Bush llegó a espetarle en la cara a Ron Suskind que la realidad no era más que una creación del Imperio.

Y así pareció que lo era durante el periodo iniciado por la guerra de Bush contra Iraq, la guerra de la que Jean Baudrillard dijo que “no había tenido lugar”. (1) Pero hoy esa realidad que el Imperio creía que no era más que su criatura se revuelve y le pega bofetadas. La más dolorosa probablemente sea la de Afganistán, a donde el Imperio se ha visto obligado a enviar más tropas porque al cabo de 16 años de combates no ha podido liquidar la resistencia armada a su dominio. La más irritante, la derrota definitiva que está a punto de propinarle el ejército de Siria al Estado Islámico.

Pero la bofetada más sonora sin embargo es la que le ha dado Corea del Norte, cuyos líderes tomaron buena nota de lo sucedido en el Oriente Medio en todos estos años. Porque es muy probable que si Saddam Hussein hubiera tenido las “armas de destrucción masiva”- que no tenía – el Imperio se lo habría pensado mucho antes de atacarlo. Y porque está a la vista de todos que la decisión del gobierno sirio de deshacerse de su armamento químico por exigencia de Washington no impidió que Washington armara a la oposición islamista y bombardeara repetidamente al país so pretexto de combatir a Daesh. Se comprende entonces que Kim Jong, en vez de ocultar su armamento nuclear, como lo hace Israel, hace ostentación de él, desdeñando incluso las sanciones que a instancias de Washington y con la aprobación de Rusia y China, el Consejo de Seguridad de la ONU le impone sanciones a Corea del Norte, que se suman a las anteriores y que a pesar de su rigor no disuaden al líder coreano. Él sabe que su armamento nuclear es el que disuade a Washington de atacarlo como atacó impunemente a Afganistán, a Irak, a Libia y a Siria. Y no porque Washington tema en realidad que su territorio continental sea alcanzado por los misiles de los coreanos sino porque sabe que las que si son vulnerables a dichos misiles son sus bases en Corea del Sur y en Japón. Y que sólo víctima del peor delirio mesiánico se arriesgaría a exponer a dos aliados tan valiosos a los horrores de una guerra nuclear. Eso sin contar con que ellos se lo permitieran dócilmente.

Pero no solo en el plano militar el Imperio Americano ha topado con sus límites. También lo ha hecho en el plano político. El principal argumento utilizado por Washington, a partir de la segunda guerra contra Iraq para legitimar sus intervenciones militares en el Oriente Medio, fue lo hace con el noble propósito de liberar al país de un dictador odioso. Y claro que consiguieron liberarlo, pero siempre al costo inhumano de fragmentar al país y sumirlo en interminables guerras sectarias atizadas por una cadena sin fin de atentados terroristas. Como es evidente en los casos de Afganistán, Iraq y Libia. Y como a su manera también lo ha sido Siria, un país que, a pesar de la inminente victoria militar de su Ejército sobre los yihadistas, esta medio destruido y con la cuarta parte de su población refugiada en distintos países.

La opinión pública mundial ya está notificada de que la solución que Washington propone para la existencia de regímenes autoritarios o dictatoriales es la destrucción del país que lo padece. Y si en adelante algún gobierno o algún líder de opinión en cualquier lugar del mundo decide apoyar una nueva intervención militar americana en un país soberano ya no podrá argumentar que lo hace en nombre de la necesidad de liberar a ese país de un odioso dictador sin tomar en cuenta cuán destructivo, cuán demoledor es el método imperial de liberar países. Cuando están en juego la vida y los bienes de millones de personas, la ética de la convicción debe ceder necesariamente el paso a la ética de la responsabilidad.

El Imperio Americano, repito, está experimentado los límites de un poder que en su momento llegó a pensar ilimitado. Y haría bien su dirigencia en tomar nota de ello y empezar a pensar no en términos de país excepcional al que el Altísimo encomendó la sagrada misión de democratizar y moralizar al mundo entero a su imagen y semejanza, sino en términos de un país muy poderoso que ya no puede, sin embargo, modelar a voluntad la entera realidad del mundo. Desgraciadamente no parece que Donald Trump sea la persona más adecuada para liderar ese regreso a la cordura. Al menos no mientras no descarte completamente el principal lema de su campaña electoral: Hacer a américa grande de nuevo.

 

Nota:

“En un artículo del New York Times publicado en 2004, Ron Suskind (…) reveló los términos de una conversación que había mantenido, durante el verano de 2002, con un asesor de George W. Bush: “Me dijo que las personas como yo formábamos parte de ese grupo de tipos ‘pertenecientes a lo que nosotros llamamos la comunidad basada en la realidad (the reality-based community): ustedes creen que las soluciones surgen de su juicioso análisis de la realidad observable’. Yo asentí y murmuré algo sobre los principios de las Luces y el empirismo. Pero él me interrumpió: ‘El mundo ya no funciona en realidad de esa manera. Ahora somos un imperio, prosiguió, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Y mientras ustedes estudian esa realidad criteriosamente, como desean hacerlo, nosotros volvemos a actuar y creamos otras realidades nuevas, que ustedes también pueden estudiar; y así es como pasan las cosas. Nosotros somos los actores de la historia. (…) Y a ustedes, a todos ustedes, no les queda otra cosa que estudiar lo que nosotros hacemos”. “La estrategia de Sheherazade”, Christian Salmón, Le Monde Diplomatique, edición chilena, diciembre 2007.


(*) Carlos Jiménez es analista político independiente.

https://www.alainet.org/es/articulo/187987

 



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